«La censura es una lacra, pues nos priva de los frutos de la cultura»

Viernes, 19 Febrero 2021 10:57 Escrito por  Ginés Vera Publicado en Entrevistas Visto 132 veces
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Enrique Gallud Jardiel Enrique Gallud Jardiel

Nos concede una simpática entrevista para Nou Torrentí el escritor y ensayista Enrique Gallud Jardiel (Valencia, 1958). Doctor en Filología Hispánica por las universidades Jawaharlal Nehru de Nueva Delhi y Complutense de Madrid, es autor de numerosos artículos y ha realizado numerosas intervenciones en programas de radio y televisión. Ha publicado más de ochenta libros sobre diversos temas, tanto ensayísticos como de ficción. Entre ellos Historia para reír (De la prehistoria al Imperio romano; De la Edad media al Barroco y De la Ilustración a nuestros días); Historia cómica de la música y más recientemente Historia cómica de la cocina. Le preguntamos por sus libros, por Jardiel Poncela o por la situación del teatro a resultas de la pandemia entre otros temas.

 

Es ud. nieto de Enrique Jardiel Poncela, un articulista, guionista y novelista de la primera mitad del siglo pasado. Algunos le recordamos del colegio por obras de teatro como Los ladrones somos gente honrada. Su abuelo fue un indiscutible renovador del teatro cómico español como descubrimos en las obras publicadas. ¿Cómo era en persona Enrique Jardiel Poncela? ¿También contagiaba su sentido del humor más allá de lo literario?

Jardiel Poncela fue una persona que vivía dedicado a la literatura. Su día consistía en escribir, leer y dirigir sus comedias. Su ocio consistía en hablar de libros con sus amigos en las tertulias de café. La literatura estaba presente en todas sus actividades: hasta las cartas a su familia las escribía en verso, algo que era material no publicable y que no le oba a proporcionar ni fama ni dinero. Pero lo hacía así porque le apetecía. En cierta ocasión dijo: «Me divierte escribir y me pagan para que escriba. Es decir: que me pagan para que me divierta».

En cuanto a su vida personal, era una persona muy afable a la que le gustaba mucho la compañía de sus semejantes. Tuvo muchos amigos y mantuvo una excelente relación con los actores que trabajaron con él; no así con los críticos, que no supieron ver la novedad de su obra y contribuyeron a que muchas veces se le censuraran.

Jardiel vivía instalado en el humor, algo que expresaba en su forma de hablar y de comportarse.

 

La editorial Verbum ha reeditado tanto piezas teatrales como varias novelas escritas por su abuelo. Creo que Ud tiene algo que ver con la edición de las mismas. Háblenos de esa labor y de las obras publicadas hasta ahora.

Me he venido ocupando en los últimos años de sacar a la luz de nuevo piezas de Jardiel que o no se habían editado aún o se encontraban desclasificadas.  Lo he hecho con la Editorial Verbum y con otras. Para empezar, Jardiel escribió en los años veinte casi un millar de cuentos y artículos, que se publicaron en revistas de humor, como Buen Humor o  Gutiérrez, y que no se habían publicado nunca en forma de libro. Yo he estado haciendo ediciones de tales escritos, aparte de sus cuatro novelas grandes, sus treinta y dos comedias y otros libros.

 

Una de las novelas a las que nos estamos refiriendo es ¡Espérame en Siberia, vida mía! Además de mucha aventura y sentido del humor destaco algunos elementos formales en el texto. Coméntenoslo, pues creo que se edita con dibujos originales de su abuelo… y que fue un superventas en su día.

Sus cuatro novelas —Amor se escribe sin hache, ¡Espérame en Siberia, vida mía!, Pero ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? y La «tournée» de Dios— se publicaron entre 1929 y 1932 y fueron todas un gran éxito editorial. Después, se vieron censuradas por motivos políticos y no aparecieron de nuevo hasta mediados los años sesenta. En ellas Jardiel empleó todo tipo de recursos novedosos, jugando con la tipografía, añadiendo sus propios dibujos, recurriendo al caligramismo y a otros procedimientos narrativos propios de las vanguardias, a las que pertenecía. Concretamente, esta novela que menciona es una parodia de las novelas de viajes, que estaban de moda en su tiempo.

 

He leído que esa obra, ¡Espérame en Siberia, vida mía!, también conoció la censura en la etapa predemocrática en nuestro país. Háblenos de ese fantasma que es la censura en la cultura que muchos creíamos cosa del pasado pero también se sigue dando en la actualidad.

Me he referido antes a la censura. Las novelas de Jardiel estuvieron prohibidas en 1936 por considerarse demasiado «de derechas» y en cuanto acabó la guerra, Franco las prohibió asimismo por considerarlas demasiado «de izquierdas». Este es un caso insólito en la historia de la censura: que ideologías tan opuestas censuren una obra. Jardiel, visto esto, se dedicó al teatro y su carrera de novelista —que se había iniciado de una manera tan brillante— quedó truncada para siempre.

La censura es una lacra, pues nos priva de los frutos de la cultura. A Jardiel se tachó de inmoral, por su naturalidad para tratar los temas sexuales. Se prohibieron fragmentos de sus obras y el franquismo le consideró un «rojo», como se decía entonces, pese a que él siempre se definió como anticomunista.

 

La última novela publicada es Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? ¿Qué van a encontrar las y los lectores en esta nueva entrega?

Este libro es un estudio cómico sobre el fenómeno del donjuanismo. Como se sabe, Don Juan es el personaje literario más popular en todo el mundo, muy por delante de Don Quijote, Hamlet, Sherlock Holmes o cualquier otro. El número de obras literarias sobre Don Juan supera las 4.000. Jardiel quiso hacer aquí su propia versión del mito donjuanesco y, de paso, desmitificar la literatura pseudo-erótica de su momento, como los libros de Felipe Trigo o Alberto Insúa, que eran los superventas de su tiempo.

 

Además de su labor editora con las novelas de su abuelo ha escrito libros no sé si decir tan divertidos como las de Jardiel Poncela. Por ejemplo, recientemente publicó Historia cómica de la cocina. En este nos explica en clave de humor desde los primeros bocados de la Humanidad a un guiño mordaz a la cocina molecular. Háblenos de esa historia cómica del buen y no tan buen comer.

Yo me dedico principalmente a los libros de humor, en el campo de la parodia y de la sátira. El libro mencionado es parte de una colección que incluye otras «Historias cómicas»: de la literatura, del arte, de la música, de la ciencia, de la filosofía, del derecho, del cine, etc. Son corpus válidos sobre la materia en cuestión, con el que se puede aprender, aunque escritos obviamente en clave de humor, con el objetivo de acercar al lector a esos conocimientos que quizá le imponen demasiado cuando se tratan en serio.

 

Después de un año 2020 un tanto calamitoso en muchos aspectos quería preguntarle por la necesidad de lo cómico, del humor, por ejemplo en la literatura para sobrellevar tantos informativos para echarse a llorar y tantas noticias para olvidar.

Decía Nietzsche —uno de los pocos filósofos que se han ocupado del humor— que la humanidad ríe por no llorar. El espectáculo del mundo es deprimente y, para no sufrir, nuestra mente decide tomárselo todo a broma, Es una forma de emplear la literatura como un analgésico, para que la existencia no nos duela. En momentos como el presente, el humor es mucho más necesario que nunca, pues nos reduce la tensión y nos provee de un distanciamiento que nos hace ver las cosas de otra forma.

 

No me resisto a preguntarle por el teatro, pues sé que le gusta desde uno y otro lado del escenario, y de los estragos de la pandemia en las salas y escenarios españoles. La cultura en general y el teatro en particular han sufrido mucho (y creo que sigue en la UCI) por culpa de las medidas de confinamiento. ¿Cuál es su opinión y qué propondría para animar a las y los espectadores a volver a las butacas con seguridad?

En tiempos difíciles, el mundo del espectáculo es ela que más sufre. Nuestros políticos se han preocupado mucho de cómo iban a sobrevivir los bares ante la pandemia y muy poco sobre cómo lo iban a hacer los actores. Pero asistir al teatro es una de las actividades de menor riesgo, pues hay unos elementos de separación, el público entra y sale del recinto con un orden y una lentitud adecuada. Otra cosa es que esto puede hacerse en teatros de gran aforo, pues de otra manera las limitaciones de personas harían que no fuera rentable. El público tiene que confiar más en las empresas y asistir a los espectáculo como acude a los centros comerciales o a los lugares de restauración. No podemos perder la cultura.