Educar para la autonomía

Viernes, 10 Abril 2015 11:33 Escrito por  C.I. Ausiàs March Publicado en Psicopedagogía Visto 710 veces

Crecer es pasar de una etapa a otra desprendiéndose de las dependencias de la etapa anterior y aceptando la autonomía de la nueva etapa. 

A lo largo de la infancia, pasar de una etapa a otra supone un esfuerzo, debido a que para ello es necesario desprenderse de lo conocido y afrontar lo desconocido. La ayuda de los padres y madres en este proceso es crucial. En ocasiones ocurre que, cuando comprobamos que a los niños les cuesta dar pasos hacia su autonomía y como mecanismo de protección automatizado, evitamos que se esfuercen, evitando también el disfrute de los nuevos aprendizajes. El esfuerzo del desprendimiento es fundamental para poder crecer.

Si queremos que nuestros hijos se conviertan en una persona autónoma, nuestro cometido consistirá en permitirles, enseñarles y animarles a valerse por sí mismos. A veces frenamos su aprendizaje al realizar nosotros lo que podrían hacer ellos.

Una muestra de actividades de autonomía en la infancia (0 a 6 años) son: Higiene personal: ir al baño solos, lavarse, cepillarse los dientes, ducharse y dejar el cuarto de baño recogido y limpio; Vestirse: preparar y recoger la ropa; Comer de todo y sin ayuda; Acostarse a la hora convenida en su cama; Mantener ordenado su cuarto: juguetes, cuentos, ropa…; Juego: disfrutar jugando solo y compartiendo su juego con otros niños, etc.

¿Pero, qué supone alcanzar autonomía?

Seguridad: Las personas autónomas son personas seguras. Transmitimos mensajes de seguridad cuando enseñamos a vestirse, a comer, a bañarse; es decir, a valerse por sí mismo. De esta manera estamos diciendo: “tú puedes, eres capaz de aprender”. Si sobreprotegemos, estamos transmitiendo: “todos tenemos que cuidarte, tú no tienes que esforzarte, eres pequeño, no eres capaz de aprender”.

La seguridad en uno mismo es imprescindible para seguir aprendiendo y para progresar, para crecer sanos en el más amplio sentido de la palabra, sin embargo deberemos estar muy atentos a que a que dicha seguridad no se traduzca en tiranía.

Responsabilidad: En ocasiones pensamos que los niños no pueden adquirir responsabilidad en las etapas iniciales. Sin embargo, “el ser humano aprende a responsabilizarse, o a no hacerlo, desde la primera etapa de su vida”(Maite Vallet).

Atención: Si los niños asumen la responsabilidad de realizar sus actividades cotidianas, aprenden a concentrarse. No podrán realizar todas las actividades si no se concentran.

Al cabo del día hay innumerables actividades que ayudan a prestar atención. Si les enseñamos a hacerlas y les dejamos que sean ellos quienes lo lleven a la práctica, ejercitarán la atención de forma natural y les resultará más sencillo cuando tengan que estudiar.

Orden lógico: debemos favorecer que piensen. Autonomía e inteligencia van íntimamente unidas. Cuando enseñamos a hacer las cosas autónomamente, lavarse, peinarse, ordenar su cuarto, armario, comer, etc., les estamos enseñando a desarrollar un orden lógico que desarrolla su capacidad de pensar y razonar. Esta capacidad también ayudará más adelante cuando tenga que estudiar. La persona verdaderamente autónoma, razona constantemente, tiene que pensar para resolver situaciones cotidianas. No depende de otras personas que piensen en su lugar.

Fuerza de voluntad y sacrificio: la fuerza de voluntad debe empezar a desarrollarse también en la primera infancia. Se trata de repetir una y otra vez lo que le cuesta hacer, hasta aprenderlo, fomentando la sólida adquisición de hábitos. Posteriormente, cuando tenga que estudiar le resultará más sencillo ejercitar la fuerza de voluntad en el estudio y en su vida en general.

Disciplina y obediencia: Por último la autonomía está relacionada con el desarrollo de la disciplina interna y con la disciplina externa u obediencia. La disciplina interna supone la autodisciplina, el autocontrol, el equilibrio interno, que el niño van adquiriendo cuando sienten seguridad. Es la capacidad para controlar su mundo.

Cuando en lugar de regañarle por lo que hace mal, le enseñamos a hacerlo bien, se siente tranquilo interiormente. Cuando le gritamos constantemente porque no hace bien las cosas, le ponemos nervioso, le alteramos, y sigue sin saber cómo debe ser su comportamiento la próxima vez.

En definitiva, si queremos educar hijos autónomos deberemos…

Ser muy pacientes y guiarles paso a paso en los primeros intentos de la actividad/es a realizar. 

Dejar que practiquen una y otra vez corrigiendo sus errores, animándoles a hacerlo bien la siguiente vez (regla de oro: nunca les enseñemos a hacer una actividad cuando tenemos prisa).

Utilizar constantemente el refuerzo verbal positivo.

Ser constantes en la ayuda y en la guía hasta que alcancen el aprendizaje y consigan hacerlo sin ayuda.

 

C.I. Ausiàs March. Departamento de Psicopedagogía y Orientación

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