Dilluns, 20 Mai 2019 13:46

Las últimas fotografías

Aurora abrió con su llave la puerta de la casa de su abuela materna. No sin dificultades. La cerradura estaba medio averiada. Ella ya le había advertido a su abuela que, si no llamaba pronto a un cerrajero, cualquier día se quedaría sin poder entrar en casa, y la broma le saldría por un ojo de la cara. La respuesta de la abuela era siempre la misma: “¡Bah!, qué falta me hace, si ya no piso la calle”. Y no le faltaba razón. La abuela de Aurora no salía de casa desde que se fracturó la cadera en el paseo de la Alameda una mañana de mucho viento.  Pero llevaba la cuenta exacta del tiempo transcurrido desde la fecha de su ‘mala pata’: “El próximo martes se cumplirán dos meses”. Aurora escuchó el cómputo actual del encierro de ella mientras trepaba a besos por sus mejillas todavía tersas, y su abuela se removía en su sillón orejero, aún enredada en las brumas de un descabezado sueñecito. “Y el andador que te ha comprado mi madre, ¿acaso solo lo tienes de adorno?”, la pinchó Aurora. Y la abuela, en un tono agrio, que acabó disipando un repentino y ancho bostezo, le respondió: “No pienso darles que hablar a las cotillas del barrio. Faltaría más”. 

 

La abuela de Aurora había cumplido noventa años. La casa donde vivía, dentro del casco histórico de Valencia, la había heredado de sus progenitores. En el verano de 1937, ella conoció al padre de su única hija, la madre de Aurora, a la que le puso su nombre. Las tres mujeres de la familia se llamaban Aurora. Valencia era entonces la capital de la República. La guerra civil que había provocado el frustrado golpe de Estado del 18 de julio de 1936, perpetrado por unos militares rebeldes, había forzado al gobierno legítimo de la II República a salir de Madrid y trasladarse a la capital del Turia, constituida en territorio leal. Y con motivo de la celebración del Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que organizaba la Alianza de Intelectuales Antifascistas, las calles valencianas comenzaron a poblarse de intelectuales, escritores, artistas, periodistas y fotógrafos, venidos de diferentes países. El Ideal Room, un café situado en la calle de la Paz esquina Comedias, se convirtió en el sitio predilecto de casi todos ellos. Por allí se dejaban ver Antonio Machado, Miguel Hernández, Pablo Neruda, César Vallejo, André Malraux, María Teresa León, Rafael Alberti, Octavio Paz, Ilya Ehrenburg… También algunos miembros de las Brigadas Internacionales, como el joven poeta francés Alain, que disfrutaba de unos días de permiso, antes de volver a incorporarse a la 35.ª División del Ejército Popular de la República. Una noche de sábado, la abuela de Aurora y su mejor amiga, Teresa, ambas insaciables devoradoras de libros, entraron en el Ideal Room. Ocuparon una mesa del fondo, y en seguida que la abuela de Aurora lo vio, ya no pudo despegar su mirada del rostro de aquel joven acodado en la barra. Era Alain, y él también sintió esa misma sensación maravillosa, la de no poder resistirse al impulso de mirarla a ella, arrobado, osado, y con el deseo grabado a fuego en sus ojos. “En tiempos de guerra el amor posee la fuerza de un aluvión que desbarata todas las ridículas convenciones”. Fueron las palabras que Alain le susurró a ella, a la noche siguiente, sus cuerpos desnudos y sudorosos arqueando el áspero colchón de plumas de una cama encajada entre las paredes desconchadas de la habitación de aquella pensión de la calle Hospital donde el brigadista se alojaba.”Pierde cuidado, poeta mío –dijo Aurora riendo-, que yo dejaré que tu boca se vicie y se desmande”.

 

-¡Hala, yaya, qué cámara de fotos más antigua que tienes!¡Y es una Leica! ¿Me la vas a regalar?- voceó Aurora desde las profundidades de un armario ropero, y sostenía entre sus manos la cajita de madera que su abuela le había mandado a buscar. Volvió Aurora junto a su abuela y colocó la cajita sobre la toquilla arrugada que la anciana alisaba maquinalmente en su regazo. Ella extrajo un manojo de fotografías, atado con un fino cordel, y de pronto una especie de gasa líquida le empezó a cubrir el blanco de sus ojos. “Hace muchos años de la última vez que vi estas fotografías. Tú aún no habías nacido, niña”, dijo su abuela intentando en vano ahogar un suspiro, y Aurora permaneció en silencio para no deshacer ese momento de vivísima emoción. Después, desanudó el atadijo y acercó la primera fotografía a su vista cansada, y Aurora pudo contemplar la figura de un joven vestido con el uniforme de las tropas republicanas, pelo  rubio y crespo, delineadas facciones, que asomaba su cabeza por la ventanilla de un vehículo con el capó abollado. “¡Huy, qué chico más guapo! ¿Quién es, abuela?” “Es Alain, tu abuelo. El general Walter, un polaco bolchevique que adquirió experiencia de combate en la revolución rusa, había ofrecido su vehículo para el transporte de algunos heridos, que se amontonaban en el asiento trasero. Alain había sido alcanzado en la pierna por la metralla de un caza biplano alemán. Aunque era uno de los supervivientes de una de las batallas más sangrientas de la guerra, la que aconteció en los alrededores de la localidad madrileña de Brunete. Y la fotógrafa alemana, Gerda Taro, con síntomas de agotamiento, decidió subirse a uno de los estribos laterales del automóvil. Con una mano se agarraba al techo para no caerse y con la otra no paraba de pulsar el disparador de su cámara Leica. Alain había conocido a Gerda y a su pareja sentimental, el fotógrafo húngaro Robert Capa, en el Ideal Room. Y en más de un ocasión les dieron las tantas a los tres mientras deambulaban por la ciudad en compañía del escritor norteamericano Ernest Hemingway, o tomándose la última copa en el bar del Hotel Palace. De ahí que Alain, ya lo ves (ella le iba entregando a Aurora una a una las restantes fotografías), aparezca en algunas imágenes trazando divertidas muecas en su rostro: ahora con un ojo grotescamente abierto, ahora con el labio inferior torcido y una punta de lengua fuera, ahora con la nariz arrugada y la frente fruncida… Pero la aviación nazi volvió a surcar el cielo y ametralló el campo sin piedad en vuelos rasantes. El conductor del vehículo dio un volantazo y Gerda Taro salió despedida, y cayó al suelo boca arriba, y la oruga de un blindado soviético que venía detrás le aplastó las tripas. Murió al día siguiente en un hospital de campaña levantado en El Escorial. Solo tenía veintiséis años. Alain me contó estos sucesos durante su exigua convalecencia. Traía en su petate la cámara Leica de Gerda Taro, que en la caída de ella, se proyectó contra el pecho de él, y una hoja del periódico francés L´Humanité (Aurora no perdió detalle de los delicados movimientos de las manos de su abuela al desplegar la amarillenta hoja y, por encima de su antebrazo, tradujo del francés: “La primera mujer fotógrafa fallecida en un conflicto”). Alain regresó al frente, y una semana después cayó abatido en Belchite. Yo no reuní fuerzas suficientes para llevar el carrete a revelar hasta pasados varios meses desde la noticia de su muerte.  De modo que aquí tienes, querida niña, las últimas fotografías de tu abuelo, que son las últimas fotografías, también, que realizó la valiente reportera gráfica Gerda Taro -concluyó su abuela entre sollozos. Y Aurora, claro, ya no insistió en preguntarle si le regalaba la cámara Leica.

 

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 14 Desembre 2018 10:48

No sé lo que nos traerá el mañana

La torrentina Fina Abad era una estrecha colaboradora de la dirigente del sindicato anarquista CNT, Federica Montseny. Después de una agotadora gira propagandística por toda España, Fina se encontraba recobrando energías en su domicilio del barrio de Poble Nou. Al atardecer del día 30 de noviembre de 1935, cuando introducía en una ajada cartera de cuero los documentos con los planes estratégicos que quería mostrar esa misma noche a sus compañeros de la agrupación local de la CNT, alguien pulsó el timbre de su casa. Machaconamente. En seguida que Fina atrapó el telegrama que parecía estar a punto de echar a volar de la mano del empleado de correos, entendió la causa de tanta insistencia sonora; un telegrama siempre era portador de noticias urgentes e inaplazables. Sin moverse del umbral, desgarró el mensaje sellado. Y a medida que leía el texto, sus mejillas se fueron humedeciendo a golpe de lágrimas, con regular bombeo de sus ojos. <<Nuestro querido Ferdinand Personne ha fallecido hace un par de horas, en el hospital San Luis de los Franceses. Problemas hepáticos. Antes de dar su último suspiro, escribió: “No sé lo que traerá el mañana”. Besos. Ofélia Queiroz>>.

A Fina se le agolparon, con la fuerza de un turbión, todos los recuerdos de aquellos días de enero de 1934 vividos peligrosamente en Lisboa. La hija de Federica Montseny, Vida, que contaba un año, se había puesto enferma. Así que Federica le pidió a Fina que la sustituyese en el viaje que tenía previsto realizar, en compañía del también líder anarcosindicalista, José Buenaventura Durruti, a la capital portuguesa. El país vecino, gobernado con mano de hierro por el dictador Salazar, había sido sacudido recientemente por una huelga general insurreccional alentada por el sindicato anarquista luso CGT, a la que siguió una revuelta en diferentes ciudades jalonada de carreteras bloqueadas, ocupaciones de fábricas, trenes descarrilados… Fina y Durruti recalaron en Lisboa para diseñar la operación de fuga a España de uno de los cabecillas anarquistas de la revuelta, quien se había escondido en un piso franco del Barrio Alto, cerca del número 182 de la Rua Luz Soriano, donde estaba emplazado el hospital San Luis de los Franceses. Fina y su compañero se instalaron en la vivienda particular de un administrativo, leonés como Buenaventura Durruti y de ideario ácrata, que desempeñaba sus funciones en la embajada española, en cuya sede de la avenida da Liberdade flameaba la bandera roja, amarilla y morada de la Segunda República. A la mañana siguiente de su llegada, Fina y Durruti salieron de la casa del funcionario leonés, en el barrio del Chiado, con vistas a la Praça Luís de Camoes, y cogidos de la mano, igual que una pareja de enamorados, comenzaron a ascender las pinas calles del Barrio Alto. Albergaban la intención de efectuar un primer reconocimiento visual de la zona limítrofe al piso franco, si bien habían descartado entrar de momento en contacto con su clandestino inquilino; antes debían –era de manual- cerciorarse de que nadie controlaba subrepticiamente sus movimientos. De vuelta hacia el Chiado, Fina y Durruti se echaron una mirada con el rabillo del ojo, un gesto que descifraron al unísono: ¡alarma! Dos sombríos sujetos, que vestían gabardina gris y se tocaban con sombrero de ala corta, se habían cruzado con ellos a la subida y a la bajada. De modo que Fina y Durruti se metieron en el cercano café A Brasileira y buscaron refugio en una mesa del fondo, desde la que poseían una diáfana visión de la entrada al local. Sentados a la mesa contigua, había una joven de finos labios y recortada melena castaña que dejaba al descubierto su cuello y un hombre con gafas de miope y bigotito de forma geométrica, unos once o doce años mayor que ella. “No quiero recibir más cartas de Alberto Caeiro. Sabes que no lo soporto. Que le profeso un odio eterno. Quizás más que al imbécil monárquico de Ricardo Reis. Te has enterado, ¡Ferdinand Personne!”- palabras que pronunció acremente la mujer y que captaron Fina y Durruti. Sin embargo, estos dejaron rápidamente de prestar atención a la conversación de sus vecinos de mesa, al ver que irrumpían en el café los dos individuos de la gabardina y el sombrero. Y una mueca de inquietud ensombreció los rostros de Fina y Durruti. Algo que no le pasó desapercibido a la joven de finos labios. 

- Venid, sentaos aquí con nosotros –susurró la chica, acercando su boca a la oreja de Fina-. Esos dos tipos que acaban de entrar son miembros de la policía política salazarista –una revelación que sin duda deshizo cualquier reticencia a aceptar la invitación-. ¡Hola!, yo soy Ofélia y él es…

- Ferdinand Personne, ¿no? -la interrumpió bruscamente Buenaventura Durruti, que se puso a su lado. 

-Ja,ja,ja…-Ofélia soltó una estruendosa carcajada, mientras su acompañante torcía el gesto, hondamente contrariado-.  No, claro que no. Se llama Fernando Pessoa. Mi amigo es un adicto a escribir poesía y prosa bajo otras identidades a las que dota de biografía propia; son sus heterónimos. Y también me envía cartas de amor firmadas por ellos. Sé que guarda en un baúl un manuscrito encabezado con el título ‘Libro del desasosiego’, pero el autor, misteriosamente, no es él sino  Bernardo Soares. De manera que yo he creado para Fernando otro heterónimo, en francés, Ferdinand Perssone, que traducido es Fernando Persona, pues el apellido Pessoa es muy común en Portugal y significa “persona”-explicó Ofélia, entre risas, y el aludido se sumó a la celebración de la ocurrencia apurando otro vaso de aguardiente de su marca preferida: Águila Real.

Los policías salazaristas continuaban sorteando mesas y cada vez estaban más cerca. En un acto irreflexivo, Fernando Pessoa cogió de la cintura a Fina y la besó apasionadamente, ante la manifiesta incomodidad de Ofélia. La argucia amatoria provocó que los policías se frenasen en seco y luego regresaran sobre sus propios pasos a la calle.  Acomodados en los asientos de madera de un tranvía amarillo de la línea 28, que los cuatro habían tomado en la parada del Chiado, Fina y Pessoa se miraban sin disimulo, los labios inflamados de deseo, sintiendo la lenta desaceleración de sus latidos. Ofélia y Durruti, en cambio, veían pasar por la pantalla de la ventana la arquitectura pombalina del céntrico barrio de la Baixa. Se apearon en Campo de Ourique, y enfilaron hacia el domicilio de Fernando Pessoa, en la Rua Coelho da Rocha, 16. Y no tardaron en percatarse de que un automóvil negro perseguía a cierta distancia la estela del tranvía amarillo. Lo que no consiguieron observar, porque ya alcanzaban el rellano de la primera planta, fue que el automóvil negro se detenía un poco más arriba.

No sé lo que traerá el mañana… Fernando Pessoa murió el 30 de noviembre de 1935. A los 47 años. De su baúl saldrían las obras de sus heterónimos, que lo convertirían póstumamente en uno de los escritores más importantes de la literatura universal. Prácticamente un año después, el 20 de noviembre de 1936, en plena guerra civil española, moriría el mítico líder anarquista, Buenaventura Durruti, que comandaba una columna de milicianos. Tenía 40 años. Pero la torrentina Fina Abad no podía saber nada de esto, en ese atardecer en el que recibió un telegrama y rememoró unos apasionados y locos besos.

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Dimarts, 13 Març 2018 13:56

Un asunto municipal en Shanghái (2 de 3)

El alojamiento lo había elegido personalmente ese opulento personaje y ella no había sabido cuál era hasta dos horas antes de la llegada del vuelo. El magnate era ciertamente quisquilloso con las medidas de seguridad. También le dijo la chica que ella se llamaba Suyin. Aunque solo podía mirarla de soslayo, debido al caminar apresurado de los dos, el concejal detectó en el pálido rostro de la muchacha los marcados signos del horror, y reparó en que su camisa de manga larga de color blanco se veía moteada de puntos rojos de diferente diámetro, sin duda manchas de sangre. Apenas intercambiaron palabra alguna durante el trayecto a la estación de metro de East Nanjing Road, y tampoco en el tren, que los trasladó a la parte occidental de la Concesión Francesa, donde, en una de sus sinuosas callejuelas, Suyin compartía un apartamento con dos compañeras de trabajo. 

La intérprete se dio una forzosa e inaplazable ducha, y luego preparó, en la estrecha y mínima cocina del apartamento, dos tazas de té verde, que ambos degustaron arrellanados en sendos cojines sobre el enmoquetado suelo. Y Suyin no demoraría por más tiempo su relato acerca del trágico y fatal suceso acontecido en el antiguo Palace Hotel. Ella rumiaba la sospecha de que el magnate y sus dos escoltas habían sido acribillados a balazos por miembros de alguna organización mafiosa, de alguna tríada. Además, Suyin creyó reconocer a uno de los asesinos: un detective de la policía metropolitana. “Por eso –remachó ella-, no le conviene a usted retornar a su hotel, pues lo más seguro es que esa gente se dirija tarde o temprano allí a buscarlo, habida cuenta de que se han apoderado de los teléfonos móviles de las víctimas y en estos momentos habrán averiguado ya que la persona que se había citado con el hombre de negocios eliminado se aloja en el Mercure. E irán a por usted. Desde luego. Para sonsacarle el asunto que le ha traído hasta aquí. Y ya ha podido comprobar que no se andan con chiquitas”. 

El concejal de Urbanismo no podía disimular su asombro, franco y sincero, pero esa emoción suya se había ido aderezando poco a poco con los sombríos tonos del miedo que le había sobrevenido a raíz de las terroríficas palabras de la chica; un temor palpable y físico del que no sabía ni tenía la forma de detener su progresión. Él le contó a la intérprete, salivando constantemente la boca, que solo era un simple concejal de una ciudad valenciana de ochenta mil habitantes y que había acudido a Shanghái para cerrar los flecos de una operación que, según sus cálculos a vuelapluma, reportaría magnos beneficios económicos a su localidad: la construcción del mayor centro de ocio de Europa. La chica lo miraba de hito en hito, sin pestañear, calibrando en su fuero interno la respuesta exacta a su no verbalizado interrogante: ¿ese hombre era un completo ingenuo o un redomado farsante? Sin embargo, la límpida y abierta mirada del concejal, le resolvió definitivamente el enigma. Y entonces Suyin le dijo, pasando al tuteo: “Te encuentras en un grave aprieto y tu vida corre serio peligro. Pero no te apures. Yo voy a ayudarte. Conozco a gente”.  Pero las palabras de la chica no provocaron el efecto de tranquilidad, calma y sosiego que hubiera deseado febrilmente el concejal, sino que le insuflaron más temores de los que recordaba haber tenido nunca en su nada ajetreada existencia.    

La tónica meteorológica del festivo 1 de Octubre no había sufrido variación alguna con respecto a la jornada precedente. Una lámina impolutamente azul invadía el matinal cielo de Shanghái, la ciudad más poblada de China. Y no parecía sino que sus veinte millones de habitantes, más los que se encontraban de paso, de visita familiar o de visita turística, se hubieran volcado en comandita a sus calles. El concejal de Urbanismo sentía que la muchedumbre lo llevaba en volandas, en especial cuando transitaba junto con Suyin por las zonas comerciales copiosamente concurridas; él creía que levitaba en vez de caminar. Una sensación que, aunque no fuera ni mucho menos comparable, ateniéndose estrictamente al volumen de transeúntes, le traía el vago recuerdo de sus vivencias en alguna mascletà del 19 de marzo en la Plaça del Ajuntament de Valencia, con Brunchú o Caballer de maestro de ceremonias. 

Continuará...

Publicat en Enrique S. Cardesín
Dimarts, 28 Febrer 2017 09:31

El peso de la memoria (2 de 4)

Esteiro regresó a la casa familiar a la hora de la cena. Allí vivía con su madre, ya viuda, y sus dos hermanos: Claudia, la mayor, que seguía preparando oposiciones para Correos, y Salvador, el benjamín, y el primer universitario de la familia. Cursaba segundo de Derecho. Y atesoraba un magnífico expediente académico. Concluyó el bachillerato con matrícula de honor.

Esteiro y sus hermanos le prodigaron más arrumacos y besos esa noche a su madre que de costumbre. Se cumplían cinco años de la muerte de su marido. Una sutil mirada entre ellos, selló el tácito consentimiento que precedía a la inveterada costumbre de la viuda en esa efeméride: narrarles a los hijos algunos episodios de la vida del padre; indefectiblemente los mismos.

Enrique Esteiro fue miembro de la Guardia de Asalto. Y cuando Manuel Azaña fue elegido presidente del Gobierno de la Segunda República, pasó a ser uno de sus escoltas; su predilecto, según escribió el propio Azaña en una carta remitida al político socialista Indalecio Prieto. A raíz de la sublevación militar del 36, Enrique acompañó al presidente primero a Barcelona y luego a Valencia, y residió con Azaña en la vivienda que éste ocupó en la Pobleta, en pleno corazón de la Sierra Calderona. Una preciosa masía del siglo XIV.  Y también fue testigo del discurso que el presidente pronunció, en enero de 1937, en el Ayuntamiento de Valencia. Sin embargo, tras firmar Manuel Azaña el decreto que ordenaba el traslado del gobierno a Barcelona, Enrique decidió permanecer en la capital del Turia, ya que en este lugar había conocido él a la mujer que sería su esposa, Josefina, una perito mercantil que trabajaba de secretaria en el Consistorio, a la sazón regido por el anarquista Domingo Torres. Enrique, al finalizar la contienda, fue condenado a muerte por el delito de rebelión militar. Pena que se le conmutó más tarde por veinte años de presidio, de los que solamente cumplió cinco en la Cárcel Modelo de Valencia.

Pasada la medianoche, la madre y la hermana de Esteiro se retiraron a sus habitaciones, pero él y su hermano Salvador continuaron conversando en el salón, al tiempo que daban buena cuenta de una botella de brandy Soberano.

Salvador le preguntó a Esteiro por su destino en la Jefatura Superior de Policía, y éste le mintió: Estoy trabajando en la Brigada de Investigación Criminal. Y Salvador, de súbito, lo abrazó con fuerza y, con un brillo especial en lo ojos –quizá por el alcohol, quizá por la emoción de los hechos rememorados esa noche-, le dijo: Nuestro padre estaría muy orgulloso de ti, hermano. Ya sabes lo pesado que se ponía siempre con eso de la policía al servicio del pueblo. Y Esteiro, para desviar la atención sobre su persona, le imploró a Salvador que se dedicase en cuerpo y alma a estudiar y no se involucrase en actividades políticas clandestinas, puesto que había oído comentar a sus compañeros de La Social que se estaban produciendo numerosas detenciones de universitarios militantes de organizaciones comunistas. Salvador, por su parte, también le mintió a Esteiro: No te apures, hermano, que yo no me voy a meter en ningún jaleo de esos.

 

Continuará...

Publicat en Enrique S. Cardesín