Dilluns, 07 Octubre 2019 11:15

La teua societat et deu diners?

És habitual que amb càrrec a la societat es paguen despeses dels seus socis, i això té la seua problemàtica si no es tracta bé fiscalment. Però hui ens dediquem a comentar la situació inversa. Una de les formes habituals i molt més des de l'última crisi ha sigut la típica aportació o injecció d'imports del soci a la seua societat. Quan als balanços apareixen saldos deutors a favor dels seus socis i que perduren en el temps. Són les mal anomenades comptes amb socis, que en realitat són préstecs si es pretenen reintegrar o aportacions si no és així.

 

Quan el moviment és de càrrec i abonament amb certa recurrència, si, podem parlar de comptes amb socis i mancat de problemes fiscals, atés que s'admet que ni la societat ni el soci obté beneficis financers. Quan el saldo roman molt temps i encara que realment el soci no perceba un rendiment per el, en tractar-se segons la normativa fiscal de persones vinculades, soci-societat, el tractament que se li ha de donar és el que resultaria en operacions similars entre persones estranyes. El prestador cobra interessos subjectes a IRPF, el prestatari els paga amb dret a deducció, i si la societat no és prestatària si no donatària, perquè l'estrany lliurament sense demanar res a canvi, la receptora haurà de passar per les arques autonòmiques pel concepte d'Impost de Donacions. La qüestió, és que la norma fiscal preveu que quan aquestes operacions es fan entre “molt coneguts”, vinculats, soci i societat, l'AEAT cobra sí o sí. L'interés reportat a favor del soci serà el legal dels diners, encara que no el cobre i en altres situacions s'estaran reportant dividends.

 

L'important és que abans que vinga la inspecció a qualificar eixos saldos amb el criteri que estime, possiblement més beneficiós per a les arques de l'Estat, és convenient donar-li forma. No hi ha més, si no és un compte amb socis, un compte corrent que es mou amb habitualitat, amb eixa o eixes aportacions el soci haurà fet un préstec, una aportació al capital social o bé una aportació no reintegrable.

 

És convenient estudiar cada cas i formalitzar el document més apropiat, amb acord de Junta General, amb més despesa en cas d'ampliació de capital, amb menys despesa en cas de préstec o molt menys o cap en cas d'aportació no reintegrable.

 

Però al seu torn hem de preveure si en algun moment el soci demanarà o no el reintegrament perquè la tributació serà diferent. I tot sabent que la norma és interpretable i el TSJ de Madrid ja ha dit que fins que no passen 15 anys no té per què dubtar-se que es tracta d'un préstec, no donació ni aportació a fons propis.

 

Mira el teu balanç.

 

Gabi Martínez

Martínez Abad Consultores

Economista - Membre Grupo ACE

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Publicat en Economia
Divendres, 06 Octubre 2017 10:32

The Major of Torrente (3 de 4)

¡Pues si a lo más lejos que él llegó en toda su vida fue a la ciudad de Valencia!” Luego nos desplazamos a la cafetería y, tras inspeccionar los bocetos con delicado esmero y sumo detenimiento, el señor Burke efectuó un leve gesto de asentimiento con la cabeza que confirmaba sin necesidad de palabras la autoría del pintor José López Mezquita. Acto seguido, y después de dar varios sorbos a su café americano, que parecía contener más agua que un cuartillo de vino en tiempos de Quevedo, comenzó a narrarme la historia comprometida, en un castellano con marcado acento yanqui:  

<< El pintor José López Mezquita se trasladó a Valencia en 1929. El señor Huntington le había encargado una serie de retratos de carácter etnográfico. Se alojó en el Hotel Inglés, junto al bello Palacio del Marqués de Dos Aguas, en la entonces Plaza Canalejas. “Pinto en Torrente por la mañana, bañado por este sol incomparable, que ustedes aún no saben apreciar“, comentó José López Mezquita cierta embriagadora noche a un crítico de arte en una sala de baile de la calle Ribera. En El Vedat el pintor conoció a Vicente, el personaje del retrato The Major of Torrente, o sea, al abuelo paterno de usted [cuando aludió a mi abuelo una finísimo velo nubló mi mirada], a quien le preguntó si le gustaría posar para él vestido con el traje típico torrentí y portando en una mano la vara de alcalde. Forjaron ambos una estrecha amistad. En más de una ocasión, el artista prolongó la estancia en la casa veraniega de Vicente, donde tenían lugar las agotadoras sesiones de trabajo, para disfrutar de la gastronomía nativa. De vuelta en Nueva York, el pintor siempre ensalzó un arroz genuino de Torrent, el rossejat [en boca del conservador jefe el nombre del arroz sonó tan fuerte y alargado como una palabra alemana]. José López Mezquita, antes de echar cada mañana mano de los pinceles, acostumbraba a pasear por El Vedat,  y uno de esos días pegó la hebra con un joven de pequeña estatura que veía correr muy a menudo por las trochas que serpenteaban entre la frondosa pinada. El joven estaba entrenándose para boxeador.  Le dijo que se llamaba Baltasar Berenguer Hervás, pero que había escogido como nombre profesional “Sangchili”. Baltasar le confesó al pintor que había elegido este nombre para que su padre no se enterara de que había decidido consagrarse al boxeo. Su padre quería que estudiara, pero él sabía que no valía para los estudios. Un comandante de la guerra de Cuba había montado un gimnasio enfrente de su casa. Tenía un asistente chino. 

 

Continuarà

Enrique S.Cardesín Fenoll

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 24 Juny 2016 11:29

Deporte y terrorismo

La importancia del deporte en la sociedad moderna es algo que está fuera de toda duda. Es así desde la última mitad del siglo XIX y, sobre todo, las primeras décadas del siglo XX. Cada vez el deporte ha tenido mayor trascendencia en la vida de las naciones hasta llegar a convertirse en el fenómeno de masas que es, donde sus logros captan la atención de todo el mundo. Paradójicamente, esta importancia corre paralela al auge y el establecimiento de los grupos terroristas, y no es una casualidad.

Busquemos al azar las noticias internacionales de hace veinte años. Veremos que en el mismo mes de junio de 1996 se inaugura el campeonato de futbol Euro 96, que el Chicago Bulls se convierte en el sexto campeón de la NBA y que la Selección de Futbol de Alemania, después de derrotar a la República Checa, gana el campeonato de la Euro 96. Al mes siguiente, se inauguran los Juegos Olímpicos de Atlanta, donde hubo dos muertos y ciento once heridos, en un atentado terrorista. Pero fijémonos en el detalle de que, solo en el mes de junio, tres noticias de las que se hacen eco todos los medios del mundo, se refieren al deporte. Desde entonces, dada la relevancia y el eco internacional de los eventos deportivos, los grupos terroristas ponen el punto de mira en estos actos para conseguir más protagonismo. Es por ello que después de los atentados de Atlanta, que ya habían tenido el antecedente de Manchester en 1966, ocurrieron los atentados de Múnich en 1972, Madrid 2002, Irak 2006, Dakar 2008, Pakistán 2009, Togo 2010, Boston 2013 y Paris 2015, hace tan solo siete meses.

Hagámonos a la idea de que las cosas van a ir por ahí de ahora en adelante. Así como nadie puede negar la importancia del deporte, y sobre todo del futbol, como imparable fenómeno social, hemos de reconocer que el terrorismo es algo que no se puede acabar mientras existan grupos antisistema y fanáticos extremistas, ambos dos fácilmente manipulables por los teóricos que les encabezan. 

El siglo XX está representado por esos dos significativos fenómenos: el deporte y el terrorismo. Los aficionados al deporte, viven con pasión los triunfos de sus ídolos como propios y sueñan con superar al rival y conseguir el triunfo de sus colores. Los extremistas quieren conseguir la gloria a través del terror. Sueñan con una hecatombe y se enfrentan a todo el mundo en un delirante nihilismo. Me gustaría saber si cada antisistema, o si cada extremista, tuviera la posibilidad cierta de ganar al año el mismo dinero que gana Cristiano Ronaldo, iba a continuar haciendo el cafre o se iba a rendir al repugnante dinero y a la fama que le brinda el sistema capitalista, ese que tanto desprecia.

 

Rafael Escrig

 

Publicat en Rafael Escrig
Divendres, 24 Juny 2016 11:03

La tejería (4 de 9)

La mesa del maestro se asentaba sobre una delgada tarima, y Pedro deslizó la mano por la superficie rugosa de la mesa, y abrió los cajones, comprobando su contenido al tacto. A Gustavo le pareció ver que Pedro se escondía algún objeto dentro de la ropa. Finalmente, retornaron a la casa. Allí vieron a Felisa cómo se ensalivaba un dedo y lo pasaba por la base de la plancha de hierro para comprobar su temperatura. Estaba planchando sobre la mesa de la cocina. En el suelo, había un canasto de mimbre lleno de ropa arrugada.         

Pedro se levantó con las primeras luces del alba.  Desde la ventana de su cuarto, se veían algunos montes de la Sierra Tortajada, cubiertos de pinos y sabinas. Felisa, al oír el traqueteo de pasos procedente de la habitación del maestro, se dispuso a prepararle un buen tazón de leche caliente y una rebanada de pan de centeno untada con miel. Gustavo ya se había ido al lavadero público acarreando una cesta grande de ropa sucia. Pedro le dijo a Felisa que se iba a acercar primero por el ayuntamiento, como era preceptivo, para mostrarle al alcalde sus credenciales. Se despidieron en la puerta. El maestro reparó por primera vez en la belleza natural, casi agreste, de Felisa. Y en su cuerpo de redondeadas formas.

Don Manuel, el alcalde, esperó sentado en el sillón de su despacho a que Pedro se plantase ante él, a pie firme; y continuó sentado cuando le extendió al joven maestro una mano floja y húmeda. El apretón de manos se deshizo tan rápido como el vaho exhalado una mañana de mucho frío. En seguida el alcalde se puso a hojear los documentos que Pedro le aportó. “Hijo de oficial del Ejército Nacional, caído por Dios y por España. Has de sentirte muy orgulloso, ¿verdad, chaval?”, dijo don Manuel con voz campanuda. “Y no como el anterior maestro”, añadió, “un maldito rojo que se ha llevado, al fin, su merecido. No se podía esperar nada bueno de un maestro republicano represaliado”. 

 

 

Continuará...

 

 

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 24 Juny 2016 09:58

La trampilla

A la mansión abandonada se la conocía en la región, desde hacía años, como la casa del terror. Creo que por eso fue tan fácil adquirirla a buen precio a la inmobiliaria y acondicionarla como casa encantada para turistas. Habíamos escuchado rumores y leyendas, lo típico; no le dimos importancia. Atraería a muchos curiosos ávidos de emociones fuertes, convinimos mi mujer y yo. Al poco de inaugurarla comenzaron las quejas y las extrañas denuncias. Decidimos cerrar unos días y hacer nosotros mismos los distintos recorridos alternativos, tanto de día como de noche. Apagamos los teléfonos móviles y entramos excitados como niños. Los escenarios nos parecieron realistas y las atracciones terroríficas, aunque previsibles. Daba miedo, pero no para tanto, sugirió mi mujer. Casi al final del recorrido nocturno, tras un recodo, se apoyó sin querer en uno de los cuadros. Accionando algún mecanismo, ambos caímos hasta el sótano por una trampilla. No estuvimos seguros de sí formaba parte del espectáculo, nos convenció de ello tres actores interviniendo de forma encomiable: tanto el padre, disfrazado de asesino en serie, advirtiéndonos de la inminente tragedia familiar, como la esposa suicida empuñando el arma con la que habría de quitarse la vida. El más convincente resultó ser el niño. ¿Habíamos contratado a un niño? Llegó corriendo a nosotros, asustado, pidiendo esconderse tras mi mujer. Casi me emociono y rompo a aplaudir. En cambio, ella me susurró que lo notaba ‘excesivamente pálido’; sobreactuaba, añadió. Cuando quise felicitarle éste se disolvió entre mis manos, al igual que ocurrió con el matrimonio. No recuerdo cómo conseguimos salir al exterior, nos encontraron los verdaderos actores excusándose por haber llegado tarde.

 

Ginés Vera

Publicat en Ginés Vera
Divendres, 10 Juny 2016 10:57

La tejería (3 de 9)

El alcalde, quizá para aplacar los remordimientos que le infligía su conciencia, o porque realmente le preocupaban las penalidades y estrecheces que ahogaban la vida diaria de Felisa y su hijo Gustavo, les propuso a estos que acogiesen en su casa al nuevo maestro. Su llegada a Sesga era inminente, les dijo don Manuel. Y, aunque estuvo tentada a decir que no, Felisa aceptó sólo por Gustavo. La madre sufría mucho con la situación de su hijo, que había tenido que abandonar la escuela para ayudarla a ella a lavar y planchar la ropa de sus convecinos más pudientes. No tenían otro medio de subsistencia.

Pedro se acercó a la cocina, donde Felisa se afanaba fregando el humilde menaje utilizado para la cena, y le preguntó a la mujer si el alcalde le había entregado las llaves de la escuela. “Me gustaría visitarla esta misma noche”, añadió. Ella se restregó las manos en el desteñido delantal de flores que llevaba puesto, y luego alargó el brazo hasta una alcayata clavada en una de las paredes de la alacena, de donde pendía un manojo de llaves. “Aquí las tiene”, dijo, y se las depositó en la mano al maestro. Seguidamente, se dirigió al viejo aparador del comedor y extrajo del cajón central una palmatoria. “Le hará falta; la escuela no tiene luz”, remató Felisa. Gustavo, con el permiso tácito de la madre, acompañó al maestro a la escuela, encendiendo de camino la vela de la palmatoria.   

Un leve crujido los acompañó a los dos al franquear la puerta de entrada a la escuela. Caminaron entre los pupitres, de basta madera, en los que sobresalían los tinteros, y pasaron junto a la estufa de leña. Gustavo le dijo al maestro que los troncos y las ramas para la estufa se apiñaban en las traseras de la escuela. Cuando Gustavo iluminó los cuadros de Franco y José Antonio, que colgaban de la pared del fondo, por encima de la pizarra y de un mapa desplegado, Pedro pensó de inmediato en dos sombríos espectros, pero se reservó de decirlo en voz alta. En cambio, le pidió a Gustavo que se acercase con la vela hasta el armario, y se puso a examinar los libros y los cuadernos que reposaban en sus estantes. 

 

Continuará...

 

Publicat en Enrique S. Cardesín
Divendres, 10 Juny 2016 09:48

Un hotel, una noche

Un vehículo a la carrera bajo la tormenta, dos coches de policía le siguen. Un desvío. Apaga las luces, les ve pasar de largo fumando un último cigarrillo. Abandona el coche, con la maleta a cuestas, empapado. Al final del camino embarrado emerge un hotel sin señas. El tipo tras el mostrador insiste, medio adormilado, en que no hay habitaciones libres. Un trueno fuera, otro en la recepción del hotel, a quemarropa. Escoge una llave al azar de la taquilla. La doscientos trece. La mala suerte no existe, piensa. Agua caliente, sábanas limpias y la pesada maleta encerrada en el armario. Echa de menos un cigarrillo, un vaso de whiskey; imagina esa playa de México que le espera cuando todo termine. ‘Será una noche larga’, medita entre dos truenos. Sigue lloviendo. No quiere dormirse, no debe dormirse. Sospecha que le encontrarán, la poli no, los del encargo. No les dará el gusto de entregarse sin pelear. ‘No debo dormirme’, se repite abriendo el armario, mirando la maleta… Se alegra, tras el parpadeo, de que ya sea de día; verse sentado en el avión rumbo a México, descubrir luego la playa, la atractiva camarera sirviéndole un margarita. Un zumbido molesto… Siente el dolor de un golpe en la cabeza, oscuridad. Contempla la habitación doscientos trece desde el suelo, tumbado; distingue unos zapatos, no puede moverse. ‘Dame una buena razón para que no te mate’, escucha con el cañón de una Glock en la sien. Adiós a la recompensa, a su retiro lejos de todo, piensa al oír el percutor… Luego los zapatos, la inicial tatuada en el muslo y la maleta se alejan deprisa, los truenos fuera se mezclan con las sirenas de la policía. Despertar en una celda, una demasiado estrecha de la que será inquilino por muchos años; toda la vida, recuerda, salvo que acepte hacer un trato con el alcaide. Se despierta una y otra vez imaginando que ha sido un sueño, que sigue en la habitación doscientos trece a punto de amanecer, que entregará la maleta y se irá a México. Pero el sueño es otro. ¿Qué ocurrió aquella noche? ¿Por qué se durmió? Se despierta meditando si merece la pena el trato, el aspecto que tendrá ahora la mujer del tatuaje en aquel muslo, en por qué le perdonó la vida, si existirá realmente la mala suerte.

 

Ginés Vera

Publicat en Ginés Vera
Divendres, 22 abril 2016 10:27

El regalo de Pablo Ruiz

 

Los últimos años los pasó el pintor en su villa de Cannes, recluido por voluntad propia, sin ver a amigos ni salir a la terraza a tomar el sol. La enfermedad le había dejado sin fuerzas, confiaba en un puñado de personas que le traían lo necesario y le arreglaban los pequeños desperfectos de la casa. Hizo llamar a un electricista del pueblo para que le instalase un sistema de cámaras de vigilancia. Tenía especial pavor a que alguien entrase, no tanto a robar, sino a molestarle, aquellos paparazis que incordiaban apostándose en la puerta o saltándola como había ocurrido otras veces. El joven electricista tuvo la delicadeza de hacer su trabajo sin preguntar aunque sabía perfectamente quién era el genial pintor: también él era malagueño. Al finalizar, le explicó varias veces el funcionamiento del sistema de vigilancia y que si tenía cualquier duda, le avisase pues vivía a la afueras de la ciudad con su mujer enferma. El pintor le miró largo rato antes de pedirle que le siguiera. ‘Toma, te lo regalo, haz buen uso de ello cuando yo falte’. Aquel le dio las gracias y se llevó a su casa una carpeta con litografías junto a un retrato de mujer. No solo no vendió nada –me contó hace poco–, sino que la guardó durante años. Al cumplir los setenta quiso obtener un certificado de autenticidad, sabía de sobra que eran genuinas, pero pensó en hacerlo legal, por dejárselo a sus herederos. El perito al ver las obras llamó al único hijo del pintor que acudió desde París enfurecido. El juzgado me ha comunicado que el electricista ha ido a prisión de forma preventiva, acusado de robo, y las obras incautadas. He decidido llevar su defensa sin coste. Me reuní con el matrimonio cuando la denuncia del hijo del pintor. Le pedí al antiguo electricista que se sincerase, que me dijese la verdad, si los había adquirido en un descuido en la casa –sugerí sutil– o si hubo un ‘intermediario’, pues eso nos ayudaría a esclarecerlo. ‘Jamás se me ocurriría algo así, le admiraba’, me dijo tajante. Ya hay fecha para una primera vista oral. Estoy tranquilo, también el matrimonio. Han recuperado milagrosamente una carta manuscrita que cayó de entre los grabados, en ella Pablo le da las gracias al electricista y se lo demuestra incluyendo con las litografías un retrato de su esposa Olga.

 

Ginés Vera

Publicat en Ginés Vera