Lope desterrado

Divendres, 15 Gener 2021 12:58 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 222 vegades
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En una mansión de la villa y corte, cerca ya de la medianoche, aconteció un insólito encuentro. El criado de máxima confianza del señor de la casa hizo entrar al recién llegado, un espadachín a sueldo, por la puerta de servicio y luego lo condujo hasta un apartado y discreto despacho. El personaje se cubría la cabeza con un sombrero de ala ancha y vestía jubón acuchillado y capa corta. Andaba pertrechado con una espada de empuñadora dorada y una daga vizcaína, también llamada ‘misericordias’ o ‘quitapenas’. Sentado ante una mesa, en la que reposaba un papel hecho un gurruño, el noble Francisco Perrenot, sobrino del que fuera poderoso ministro de Felipe II, el cardenal Granvela, le echó al matachín una mirada escrutadora, de arriba abajo, y no pareció disgustarle lo que vio: recio, gesto duro y desafiante, cicatrices como caballones en su frente y mejillas. A continuación, desarrugó el papel y leyó: “Una dama se vende a quien la quiera/ en almoneda está. ¿Quiere comprarla?/ Su padre es quien la vende, que, aunque calla/ su madre le sirvió de pregonera...”. De repente guardó silencio y se sumió en un hondo ensimismamiento, y al cabo de un rato dijo: “Estos versos se han escrito contra mi amada y su honesta familia. Quiero que vaya en busca del conocido bellaco que los ha compuesto y, cuando lo encuentre, no tenga ninguna piedad de él; atraviéselo de parte a parte con su acero. Le pagaré veinte escudos en doblones de a cuatro, la mitad ahora y la otra mitad cuando mi lacayo, que lo acompañará en el carruaje que pongo a su disposición para el viaje, me confirme que ese infame se ha ido a reunir con el Hacedor”. Solo que el noble Francisco Perrenot ignoraba que su criado era confidente de su amada, Elena Osorio, y un secreto sellaba la boca de ambos. 

 

Lope de Vega, cuya fama de brillante autor de comedias le precedía -no en vano el propio Miguel de Cervantes, en su novela La Galatea, publicada en 1585, lo califica como uno de los ingenios españoles más notables-, se sorprendió gratamente del gran ambiente teatral que reinaba en Valencia, ciudad a la que había llegado en diciembre de 1588, cuando contaba veintiséis años. Pronto entabló amistad con dos grandes aficionados al teatro, y dramaturgos en ciernes: Guillem de Castro y Gaspar Aguilar. Guillem de Castro desempeñaba, además, el cargo de capitán de caballería de la costa del reino y se encontraba al mando de una compañía cuya misión era la defensa de las costas valencianas de los ataques corsarios. Y sucedió que, a la misma hora que salía de Madrid un carruaje cupé tirado por dos caballos en dirección a Valencia, ocupado por un espadachín a sueldo y uno de los criados del noble Francisco Perrenot, último amante de Elena Osorio (una relación que ella aceptó por conveniencia), Lope de Vega y Guillem de Castro emprendían otro de sus habituales paseos por El Grao, mecidos por la suave brisa del Mediterráneo, que llenaba de oxígeno sus pulmones. Las conversaciones que sostenían durante sus caminatas, salpicadas de anécdotas y curiosidades, le sirvieron a Lope para crear su comedia titulada “El Grao de Valencia”. Los ensayos para la representación de la obra ya habían empezado en el Corral de la Olivera, un local estable que se había construido hacía pocos años en la calle de las Comedias, donde anteriormente tenían lugar actuaciones callejeras. Pero esa noche Lope y Guillem no hablaron del inminente estreno teatral, sino que Lope de Vega le confesó a su amigo que “dentro de dos días voy a contraer matrimonio canónico con una doncella principal de Madrid, Isabel de Urbina, hija del pintor de la cámara real, Diego de Urbina y Alderete”. También le refirió que, gracias a los buenos oficios de un amigo común, Francisco Tárrega, canónigo de la catedral de Valencia y autor de comedias como él, se había hecho realidad su deseo de que la ceremonia se celebrase en la iglesia de San Esteban. Guillem de Castro festejó con aspavientos y palmadas en la espalda de Lope la buena nueva. 

 

En los últimos meses de 1587, comenzaron a circular por Madrid unos libelos difamatorios anónimos contra la familia del empresario teatral y director de una compañía de cómicos, Jerónimo Velázquez, padre de Elena Osorio, con quien Lope de Vega había mantenido amores a lo largo de cuatro años. Estos escritos satíricos coincidieron en el tiempo con la ruptura de la pareja, habida cuenta de que Elena había iniciado una nueva relación, alentada por su madre, con el noble Francisco Perrenot, de mejor posición social y económica que el joven poeta. Jerónimo Velázquez presentó una querella en la sala de Alcaldes de Casa y Corte contra Lope de Vega, pues, según él, disponía de pruebas que demostraban que el poeta había sido el autor de los libelos.  El 29 de diciembre de 1587, durante la representación en el Corral de la Cruz de una comedia que Lope de Vega le había dado al ‘autor’ (empresario teatral) Gaspar de Porres, los corchetes irrumpieron en el local y procedieron a la detención del dramaturgo. Estuvo encerrado en la cárcel algo más de un mes, hasta que se dictó sentencia. Lope de Vega fue condenado a “ocho años de destierro de esta corte y cinco leguas, y a dos años de destierro del reyno de Castilla; y no los quebrante, so pena de muerte los del reyno, y los demás, de servirlos en galeras al remo y sin sueldo, con costas”. Lope desterrado.     

 

El criado de Francisco Perrenot, que se llamaba Clemente Pablo, tan pronto como su señor le encomendó la ‘delicada’ gestión de requerir los servicios de un espadachín a sueldo, “para desagraviar como corresponde a mi amada y a mi familia política”, acudió presto a los aposentos de Elena Osorio, y le reveló los propósitos criminales del noble. Ella, escandalizada y espantada (añoraba de veras los finos requiebros y la entrega apasionada de su enamorado Lope), cogió recado de escribir y pergeñó unas letras, y después le pidió a Clemente Pablo que se dirigiese de inmediato a la taberna del Turco, “entrégale este billete al cómico Juan de Ávila; él te dirá cómo has de proceder”. Los parroquianos habituales de la taberna solían ser soldados de los viejos tercios españoles, y algunos de ellos, alejados ahora de los campos de batalla, no tenían otro medio de subsistencia que alquilar su espada para lo que hubiere menester. El célebre comediante los conocía a casi todos y había escuchado pacientemente sus truculentas historias mientras se echaban al coleto jarras y jarras de vino peleón. Al final, no solo se les desataba la lengua, escupiendo exabruptos y ofensas por doquier, sino que rápidamente desenvainaban sus espadas o blandían sus dagas para zanjar toda disputa en  la que algún compañero de borrachera se obstinase tercamente a contrariarles más de lo que su aguante podía tolerar. La fanfarronería en seguida tomaba cuerpo en estos soldados de los viejos tercios. Salvo una excepción: el tipo cuyo rostro aparecía cruzado de cicatrices. Este, apenas trasegaba un cuartillo de vino, se veía doblegado por la somnolencia y las fuerzas no le daban ni siquiera para mantener firme la jarra. A Juan de Ávila, terminada de leer la breve carta de Elena Osorio, no le cupo la menor duda de que este espadachín era la mejor elección. Y el criado habló con él y lo citó en la mansión del señor Perrenot, sobrio y armado. 

 

Los invitados a la boda de Lope de Vega con Isabel de Urbina se fueron congregando en el interior de la iglesia de San Esteban; un templo gótico erigido sobre una de las antiguas mezquitas de la ciudad musulmana. Ni aun el día que se casaba, el poeta pudo abstenerse de contemplar ese retablo dedicado al martirio de San Esteban, que era obra del pintor valenciano Juan de Juanes. Le gustaba admirarlo en soledad. En esta ocasión, sin embargo, permanecía a su lado su amigo Guillem de Castro, vestido con el uniforme de gala de caballería. Hacía varias horas que el carruaje en el que se habían desplazado a Valencia el espadachín y el criado del noble Francisco Perrenot había atravesado el recinto amurallado cristiano por el Portal de Serrans. Estos no tardaron en tener noticia del feliz acontecimiento que se celebraba ese día en la ciudad y que tenía como actor protagonista “al difamador que vengo a piolar”, en palabras del antiguo soldado. Arribaron al templo mediada la misa, y Clemente Pablo le propuso al espadachín que se escondieran en la sacristía, para no levantar sospechas entre los asistentes, y esperasen allí la ocasión propicia. Sobre la marcha había ideado un plan. Él había sido monaguillo de muchacho y sabía el sitio donde se guardaba el vino de consagrar en la sacristía. Alborozado por el descubrimiento, el espadachín acabó cogiéndose una cogorza de tomo y lomo. Soldados de caballería, a las órdenes del capitán Guillem de Castro, se lo llevaron a El Grao y lo metieron en una embarcación con patente de corso que partía hacia puertos de naciones enemigas. Nunca más se supo de él. 

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll