El descampado

Divendres, 22 Juliol 2016 09:44 Escrit per  Ginés Vera Publicat en Ginés Vera Vist 1674 vegades
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Habíamos jugado a fútbol en aquel descampado desde hacía tanto tiempo que lo considerábamos nuestro. Por eso, cuando aquella tarde de verano lo vimos invadido por unos zagaletones nos quedamos en shock. Aunque nosotros éramos más, ellos eran más altos y salvajes. De hecho se limitaban a dar patadas a una lata vociferando y riendo. Al vernos, en lugar de cedernos el sitio nos retaron a un partido. Chus guardó su balón a la espalda aunque de nada sirvió, pronto se lo arrebataron. El resto nos quedamos allí, plantados, incapaces de enfrentarnos a aquellos cafres. Temí que en cualquier momento lo encalasen o se lo llevasen y les dije que aceptábamos. A ellos les pareció genial e impusieron las reglas, en cambio mis compañeros me increparon, me tocó convencerles de que podíamos conseguirlo: si ganábamos se irían para siempre, solo que si ganaban ellos se quedarían con el balón. Chus se negó rotundo, llorando, pero para entonces ya habíamos hecho dos porterías con piedras. Aunque corrían poco por alguna razón se entendían mejor que nosotros y pronto encajamos tres goles. Chus, en la portería, seguía lloriqueando temiendo por su balón. El primer gol nuestro vino por la banda en un despiste cuando pasaron un grupo de chicas de su edad. El segundo fue por un penalti claro, tampoco protestaron mucho. Lo lancé a reventar. Quedaba lo más difícil, estábamos cansados, todos. Se encendieron las luces de las farolas y temí de nuevo que cogerían el balón y se marchasen. Chus debió pensar lo mismo, lanzó un trallazo desde la portería que se le escapó de entre las manos al otro portero. No recuerdo haber gritado tanto un gol como aquel. Los suyos se burlaron de él. Enrabietados, en la contra casi nos meten el cuarto, pero Chus se lanzó con todo el cuerpo acabando lesionado. Nadie quería sustituirlo. Cuando sacamos no sé qué me pasó, aún hoy me lo pregunto. Driblé a uno, a dos, a un tercero, volaba con el balón pegado a mis pies. Me planté frente al portero y el balón rodó mansamente a su lado, como a cámara lenta, hasta el interior de la portería. Hoy aquel descampado es un parque infantil con toboganes y columpios. Han pasado muchos años, pero aún puedo ver con los ojos de entonces aquel balón, las lágrimas de Chus, la portería y aquel gol de leyenda en mi barrio.

 

Ginés Vera