Trasmoz

Dilluns, 14 Març 2016 10:36 Escrit per  Ginés Vera Publicat en Ginés Vera Vist 1607 vegades
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En el pueblo no vieron con buenos ojos que las dos jóvenes quisieran bajar a la mina abandonada. Daba mala suerte, decían. Eran espeleólogas, se defendieron ellas, aunque aquella palabra pareció infundir más aprensión que respeto. La mina ya no se aprovechaba para sacar mineral desde mucho después de la Guerra Civil, con el último derrumbe se cerró y el agua terminó de anegar muchos de sus túneles. Ahora solo servía para atraer a curiosos, a forasteros que inventaban leyendas y chismes sobre espíritus que supuestamente moraban en el interior. Los vecinos toleraban resignados la horda de turistas, ya en la feria esotérica en verano ya al museo de la brujería, por ser el único pueblo maldito de España. Pero otros venían a molestar, a grabar sonidos extraños cuando ellos solo pedían tranquilidad y descanso para quienes habían perdido la vida trabajando en la mina. El alcalde fue el último en advertirles del peligro y verlas con vida. Su jeep quedó cerca de uno de los pozos de ventilación aún abiertos. Las jóvenes descendieron con cuerdas hasta uno de los corredores horizontales, el calor y la humedad se hicieron patentes en contraste con el frío exterior. Recorrieron el túnel para bajar aún a mayor profundidad. Al hacer un descanso para reponer fuerzas oyeron un ruido, una de ellas creyó que era una especia de música. Como de flauta o caramillo, añadió desconcertada: era evidentemente imposible. Ninguna dio crédito a la figura que apareció tímida desde detrás de un saliente. Un ser deforme, medio humano medio animal, que se apoyaba en dos pezuñas; un fauno, susurró una de ellas dudando de sí era real o una misma alucinación por un escape de gas. Oían con más suavidad el estribillo pues el fauno se les fue acercando, poco a poco, en tanto ambas se iban sintiendo cada vez más adormecidas. ‘Vámonos’, advirtió una. La otra, medio aturdida sintió de repente el abrazo del fauno, la voracidad de la criatura. Su amiga trató de huir, espantada, izándose por la cuerda, pero resbaló y cayó al fondo húmedo de un pozo. Sintió el dolor de su pierna rota. Pidió ayuda consciente de que nadie la escucharía, solo cabía la llegada de la infernal criatura. En la oscuridad palpó lo que le parecieron huesos y calaveras para sumirse en un espanto, desquiciada, al oír con nitidez el sonido creciente del caramillo.

 

Ginés Vera

Modificat el Dilluns, 14 Març 2016 10:41
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