Un descubrimiento

Divendres, 01 abril 2016 11:27 Escrit per  Publicat en Rafael Escrig Vist 1285 vegades
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David Noble David Noble

El año 1994, hace ahora solamente veintiún años, David Noble, un guardia forestal del Parque Nacional Wollemi, en Nueva Gales del Sur, cerca de Sídney, en Australia, hizo un descubrimiento sorprendente y de gran relevancia científica: descubrió una nueva especie vegetal. Unos árboles de cuarenta metros de altura, cuya existencia era totalmente ignorada. La nueva especie tiene su antecedente en unos restos fósiles datados en dos millones de años. Es decir que David Noble descubrió lo que se llama en biología un fósil viviente al que se le daba por desaparecido todo ese tiempo.

Es muy raro e improbable dar hoy en día con un fósil viviente. En el mundo animal tenemos el pez Latimeria chalumnae, más conocido como Celacanto y en el mundo vegetal el Ginkgo biloba, como especies más destacadas, aunque hay algunas más. Por ello es tan sumamente difícil dar con un hallazgo de ese tipo cuando se supone que ya todo está explorado y descubierto. La Wollemia, que tal es el nombre con que se bautizó a la nueva especie, pertenece a la familia de las araucariáceas, una gimnosperma de las que únicamente existen en la naturaleza, los ochenta ejemplares hallados por David Noble en un barranco inexplorado del Parque Wollemi. Este discurso botánico tan curioso e interesante, me lleva a pensar cuántas cosas nos son desconocidas por no reparar en ellas y, sin embargo, las tenemos delante de nosotros. Lo mismo cosas que personas. Podemos tener un ficus centenario en el parque donde hemos paseado toda nuestra vida y no habernos fijado nunca en él. Estamos hartos de ver el rótulo de la calle donde siempre hemos vivido, ese rótulo dedicado, por ejemplo, a Guillém de Castro y sernos totalmente desconocido ese señor. De hecho, sería lo mismo si leyéramos otro nombre. De esa forma nos quedamos sin conocer la apasionante historia del ficus centenario y quién fue, nada menos que el señor Guillém de Castro. 

Hace unos años que conocía de vista a una persona con la que solía coincidir de vez en cuando cruzando la calle o en el mismo autobús. Nunca habíamos hablado y, francamente, me resultaba un poco antipático. Lo encontraba demasiado serio y algo engreído. Nunca lo había visto sonreír. Me era totalmente desconocido pero lo había prejuzgado. Ahora somos buenos amigos. Empatizamos en nuestra primera conversación y todo fue a causa de su perro, un simpático bóxer que me llenó de babas cuando le hice unas caricias. En nuestra vida diaria podemos dar por de contado que podamos descubrir ninguna especie nueva, pero lo que sí está a nuestro alcance es descubrir esas cosas ignoradas que comparten nuestro mismo espacio. Tanto cosas como personas y de verdad que vale la pena. Nunca es tarde para descubrir algo nuevo.

 

Rafael Escrig