Ese día lo veré todo negro

Dimecres, 29 abril 2015 17:42 Escrit per  Rafael Escrig Publicat en Rafael Escrig Vist 1431 vegades
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Vuelvo a frecuentar una cafetería a la que iba cuando tenía veintitantos años. Entonces era un punto de reunión clave entre la gente como yo, aquellos que buscábamos nuestro lugar en una sociedad convulsa que cambiaba a toda velocidad, gente, en buena medida, inconformista, metidos de lleno en una revolución que se gestaba día a día con la música y con las nuevas tendencias, que sentíamos la impaciencia y la rebeldía que aquellos tiempos nos traían. No en balde eran los años sesenta. La cafetería nos acogía y resguardaba con su ambiente y, nosotros, extranjeros en nuestra propia ciudad, sentíamos cambiar el mundo y tarareábamos despreocupados los acordes de Bob Dylan: ‘Hey! Mr. Tambourine man, play a song for me, I´m not sleepy and there is no place I´m going to.’ Había una máquina de discos y una de flipper. 

La cafetería sigue en el mismo lugar y con el mismo nombre. Tiene ahora una máquina tragaperras y otra de tabaco. Yo ya no soy el mismo, apenas recuerdo las canciones de Bob Dylan, casi he olvidado a Janis Joplin y no escucho nada de Leonard Cohen, pero disfruto igualmente sentado en una de sus mesas con un buen café y del impagable espectáculo de ver pasar a toda la ciudad por delante. Son otros placeres, lo confieso, más burgueses, pero que llega un momento en que aprendes a saborearlos. 

La cafetería actualmente languidece con dos camareros que atienden perezosos a un par de clientes –puede que sea por la hora-. Espero que acudan más por la mañana, cuando las oficinas estén abiertas, se den almuerzos y vengan a comer los empleados. Lo espero por mi bien, porque quisiera seguir viniendo por aquí muchas más tardes. Quisiera que este lugar que me ha visto en aquel tiempo de tan grata memoria no dejara de verme un día por culpa de que han puesto un nuevo negocio en la ciudad. Pero, allá en mis adentros espero lo peor. Cualquier día que venga a tomarme este café y a escribir una nueva historia, puede que la encuentre cerrada. Los dos camareros que ahora pasean entre sus mesas y charlan de futbol con algún cliente que se apoya en la barra, estarán jubilados o en el paro, y un cartel amarillo en la puerta nos dirá que una tienda de suvenires se abrirá el próximo viernes. Ese día lo veré todo negro. Ese día será decepcionante. Ese día abominaré de todo. Será lo mismo que si me anunciaran una amputación, como si me quitaran algo de mí mismo. Voy a venir mucho más a menudo para disfrutar de un lugar como este, ahora que aún puedo hacerlo, además de que el café me resulta veinte céntimos más barato que donde iba antes, sólo porque había una camarera ucraniana que me gustaba mirar. No me importa que aquí no haya ninguna ucraniana de buen ver, ni que sea un camarero indolente quien cante por detrás de mí canciones de Nino Bravo. Solo me importa no volver a perderme este lugar que vuelvo a frecuentar después de tantos años. 

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