El trastero

Divendres, 22 Mai 2015 12:42 Escrit per  Rafael Escrig Publicat en Rafael Escrig Vist 1705 vegades
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El trastero que tenemos en la terraza, hasta ayer mismo, estaba repleto con todo lo que hemos acumulado en los últimos años: las sillas de playa y la sombrilla, lámparas, ropa de la temporada anterior, unas estufas (cuatro estufas esperando que llegue esa glaciación que nos anuncian), la mesa y la tienda de camping, dos alfombras, un completo surtido de todo lo que se puede encontrar en una ferretería y un montón de cajas con pequeños objetos de esos que no te atreves a tirar.

A veces le he dicho a mi mujer: -¿Por qué no tiramos esto?- A lo que ella me responde con aplastante lógica: -Porque es nuestro. Con eso me desarma y no pregunto más. Yo también tengo muchas cosas de esas que quieres guardar sin saber exactamente para qué, puesto que nunca las vas a utilizar, y cuando es ella la que me pregunta a mí, me niego a tirar incluso una camiseta agujereada. Pero llega un momento en que hay tantas cosas que piensas: ¿resistirá esta terraza el peso de todo esto? El otro día lo pensamos seriamente, y ante la terrible posibilidad de que el suelo de la terraza bajo nuestro trastero cediera, apareciendo con todo su contenido en el salón de mi vecina, decidimos dar un paso al frente.

Mejor no acordarnos de todo lo que tiramos a la basura. El resultado en cuanto a limpieza y despeje, ha sido muy bueno, pero el cansancio fue mayúsculo y al día siguiente nos dolía todo el cuerpo. Ahora sólo nos falta atrevernos con el resto de armarios y cajones, pero es en este punto cuando aparece el dilema: Seguir guardando o seguir tirando. En cuanto a lo primero, he de decir que soy un sentimental y todo lo que guardo lo considero como un recuerdo. Mi mujer es mucho más práctica y piensa que las cosas son válidas mientras sirven para algo. En el segundo supuesto, tirarlo todo, el asunto es todavía más triste porque, entre otras cosas, te quedas sin esos recuerdos que permiten repasar tu vida y hacer presentes los momentos más hermosos. He de decir que, con mi mala memoria, si no fuera por las muchas cosas que guardo y las fotografías, ya haría mucho tiempo que me hubiese olvidado de quien soy. 

Difícil solución tiene el dilema. No quisiera llegar a padecer el síndrome de Diógenes, ni quedarme sin nada ¿y si pierdo la memoria? Si esto me ocurre un día, no podré recurrir al apoyo de las cosas que he tirado, como sucede en la novela La misteriosa llama de la reina Loana, de Umberto Eco, en la que, Yambo, el protagonista, aquejado de una profunda amnesia retrógrada, para intentar que vuelva a la realidad, el neurólogo le recomienda que repase todos sus viejos cachivaches, sus objetos más insignificantes, sus fotografías y hasta los juguetes y tebeos de su infancia. 

Yo, entretanto, prefiero continuar como hasta ahora. Dentro de unos años, ya veremos. Dicen que la vejez nos devuelve a la infancia, no sé si será porque perdemos la memoria o porque se nos cae la baba pero, si es así, ya me imagino releyendo mis queridos tebeos de Flash Gordon y jugando con las canicas de cristal o buscando por los cajones aquel cochecito de hojalata o el pito de mi primera comunión que tanto me gustaba. Mejor no tiro nada.