La invisibilidad

Divendres, 30 Octubre 2015 10:12 Escrit per  Rafael Escrig Publicat en Rafael Escrig Vist 1300 vegades
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"Cuando yo era pequeño fantaseaba con la idea de hacerme invisible" "Cuando yo era pequeño fantaseaba con la idea de hacerme invisible"

Cuando yo era pequeño fantaseaba con la idea de hacerme invisible. Pensaba en una especie de capa o de tela que echándomela por encima me hacía invisible a todos. La imagen de la capa quizá la tomara prestada de alguna película, no lo sé. Recuerdo que esa idea permaneció bastante tiempo dentro de mí. Hacerme invisible significaba tener el inmenso poder de desaparecer en el momento deseado, de estar en un sitio sin que te viera nadie, desaparecer de tus perseguidores. Cuando eres un niño vulnerable y estás en el punto de mira de todos los matones del barrio, la posibilidad de hacerte invisible es más que un deseo, es una necesidad vital. Cuando eres más mayor tus fantasías van cambiando lo mismo que tus deseos. En la adolescencia piensas en otras cosas: ser más alto y correr más que tus amigos, tener rayos equis en la vista para ver a través de la ropa de las chicas, conocer los 22 golpes mortales del kung-fu, pero pasan los años y comprendes que todo son fantasías imposibles de realizar. 

Pero la posibilidad de hacerse invisible nunca es descartable del todo. Para ser visible o invisible se precisa ser o no ser visto y para ver una cosa lo primero que se ha de hacer es mirarla. Es decir, que por muy presente que uno sea, si no se le ve es como si no estuviera. El hecho de no ver a una persona aunque esté delante de ti es absolutamente posible y muy real. Cuando hay mucha gente a tú alrededor o los estímulos que te envuelven son muchos, ocurre con más facilidad. De todas formas, lo de hacerse totalmente invisible y de una forma verdaderamente real, es algo que con los años se va consiguiendo. 

Las personas tenemos la costumbre, quizá es un instinto, de cruzarnos la mirada. Nos cruzamos la mirada para medirnos con el otro, para reconocernos o para decirnos algo. La mirada antecede al contacto. No es tan importante el hecho de ver sino el de mirar. Un niño pequeño mirará a los de su edad, observará su comportamiento, si llora como él, mirará sus juguetes.  Una chica quinceañera, mirará a las otras de su edad para compararse con ellas, mirará cómo va vestida, mirará su aspecto, su pelo, sus zapatos. Las embarazadas miran a las embarazadas, los mendigos miran a los mendigos, las personas adultas miran a las personas adultas calculando si los conocen de años atrás, calculando su edad, comparando su deterioro físico. Y los ancianos, los ancianos lo miran todo y a todos, pero nadie los mira a ellos. Es entonces cuando te llega la invisibilidad tan deseada en tus fantasías infantiles. Yo, con mis años, ya he podido darme cuenta de ello cuando en el autobús: una chica mona de veinte años ha bostezado delante de mí sin taparse la boca con la mano y otra chica ha comentado con su amiga, sin ningún pudor, alguna intimidad sin importarle nada que yo estuviera delante, evidentemente, no me veían. En esos momentos te das cuenta de que eres invisible y no sabes si realmente te gusta o sería preferible seguir como antes. 

 

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