Las rotondas

Divendres, 27 Novembre 2015 11:46 Escrit per  Rafael Escrig Publicat en Rafael Escrig Vist 1487 vegades
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¿Qué ocurría con el tráfico cuando no había rotondas? ¿Alguien se acuerda? Las rotondas aparecieron tímidamente y más tímidamente nos fuimos habituando a ellas. Fue como en los felices años setenta, cuando comenzaba el turismo de masas y llegaban las primeras extranjeras con bikini y minifalda. Allá que estaban los paletos españoles con la boca abierta sin podérselo creer.

Ahora, una vez vacunados contra esas cosas, ya ni miramos. Lo mismo ha ocurrido con las rotondas: las primeras nos llamaron la atención, era algo así como si hubieran venido los extraterrestres y nos hubieran dejado la huella de su platillo volante. Ahora ni siquiera podemos imaginar cómo funcionábamos sin ellas. 

Dos aspectos negativos tienen las rotondas y es que, en su diseño, no se ha tenido en cuenta al peatón, y las hay tan grandes que obligan a dar un gran rodeo para cruzar al otro lado. El otro son los jardines que las adornan, aunque muy espaciosos, resultan totalmente virtuales, ya que no se puede entrar en ellos. Son estructuras comparables a las Líneas de Nazca, en Perú, que solamente puedes disfrutarlas a vista de pájaro. En definitiva, grandes espacios verdes, pero fuera de nuestro alcance.

En los últimos años, la proliferación de las rotondas ha sido algo obsesivo y las hay de todo tipo y tamaño. Existen rotondas enormes en que tardas cinco minutos en darles la vuelta y las hay tan pequeñas que los coches las invaden en todo su perímetro. Las hay en las carreteras, en los polígonos, en las avenidas y en las mismas calles de la ciudad. Su protagonismo es tan grande que sirven de referencia para dirigir a los conductores y cuando nos preguntan solemos decir: “Después de la segunda rotonda… o, cuando llegue a la primera rotonda…”. 

Sólo falta algo muy importante en lo que nadie ha reparado todavía, y es el nombre. Sí, las rotondas deberían tener un nombre propio. Creo que se lo merecen. Que algo tan importante no tenga nombre, resulta bastante extraño. Se le da nombre a tantas cosas que algo así parece injusto que no lo tenga.

Dice Gabriel García Márquez en Cien años de soledad: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo…”.

Creo que no deberíamos llegar a ese extremo de señalarlas con el dedo para referirnos a ellas, cuando están entre nosotros tanto tiempo. 

Pero no voy a ser yo el primero que empiece a proponer, ya he hecho bastante dando la idea. Que piensen ahora otros. Eso sí, si me permiten, ni alusiones a personas ilustres, ni democracias, ni constituciones, ni nada que se acerque a la política. Si me hicieran caso a mí, les pondría los nombres de los árboles con que estuvieran ajardinadas: Rotonda de los cipreses, rotonda de las palmeras, de los arces, de los fresnos, del olivo…

 

Rafel Escrig