Un vivo autorretrato (Parte 5 de 5)

Divendres, 22 abril 2016 10:55 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 706 vegades

 

El policía Abad, aun consciente de las suspicacias que levantaba entre la muchedumbre, y todavía más entre los guardias de Asalto que velaban por la seguridad de la Junta Provisional Republicana, integrada por los concejales que en la lista de la candidatura Alianza Antidinástica habían salido electos en los comicios municipales celebrados dos días atrás, y contagiado por la efervescencia del momento histórico, no paró de hacer fotografías con la cámara de su teléfono móvil. 

Antes de que eligieran esa tarde a Vicente Marco Miranda como alcalde provisional de la ciudad de Valencia, el líder del Partido de Unión Republicana Autonomista (PURA), Sigfrido Blasco-Ibáñez, hijo del escritor y político Vicente Blasco Ibáñez, fallecido unos años antes, salió al balcón del consistorio, aunque su discurso apenas fue audible sepultado por la descomunal riada de vivas a la República que fluyó sin cesar de las bocas de la ciudadanía allí congregada.

El policía Abad saltó del sillón donde estaba cómodamente arrellanado como impulsado por un resorte. Eso lo llevó a pensar que se había quedado traspuesto. Así que echó una rápida ojeada a la sala y comprobó que todo permanecía en orden. El autorretrato de José Viñer seguía colgado en su sitio, incólume. Pero al observarlo más de cerca, Abad creyó percibir en el rostro del pintor una mueca burlona a la par que complacida. Sonaron unos golpes. Era su relevo. Cuando Abad ya se marchaba de la sala, su compañero le asestó una palmadita en el hombro y, al darse la vuelta, se fijó en que éste llevaba en la mano su smartphone, que según le dijo lo había recogido del suelo. De modo que Abad supuso que en algún momento de la noche se le había caído del bolsillo de la cazadora. Deslizó la pantalla por inercia. Y aparecieron las fotografías que había tomado en la antigua Plaza Castelar. Pero, en ese preciso momento, Abad decidió que no le contaría nunca a nadie nada de lo que le había sucedido esa noche. Una reparadora brisa matutina lo acompañó durante su trayecto al coche patrulla. 

 

Fin

 

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