La tejería (1 de 9)

Divendres, 13 Mai 2016 11:56 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 929 vegades

A María José, mis días y mis noches

 

En Ademuz, lo aguardaba el enviado del alcalde, que lo condujo a Sesga en un carro tirado por un caballo percherón de pelaje gris tordo.  El nuevo maestro rural se apeó a la puerta de la iglesia.  Con la maleta de tela a sus pies, cruzada por una cuerda algo deshilachada, echó una rápida mirada a la espadaña del templo, que una nube iba ocultando poco a poco como si fuera el telón de un teatro. Luego se encaminó hacia la casa donde le tenían dispuesto su alojamiento, contigua a la barbería. El cochero, sin bajarse del pescante, le había señalado con el muñón de la mano derecha, la ubicación exacta de la casa.  

 Una mujer que frisaba los treinta y cinco años, vestida de riguroso luto de la cabeza a los pies, le abrió la puerta casi al mismo tiempo que el maestro golpeaba suavemente una de las aldabas: un simple aro de metal mondo y lirondo. Parecía como si la mujer estuviera esperando detrás de la puerta. Ella le dijo al maestro que se llamaba Felisa. Y él, sin soltar la maleta de la mano, también se presentó: “Soy Pedro, el nuevo maestro”. Entonces Felisa voceó varias veces el nombre de Gustavo, y un muchacho de unos quince años, descendió por una escalera interior, con gran estrépito de pisadas. Gustavo era un chico recio, de robustos brazos, de ahí que el maestro no opusiera demasiados reparos a que el muchacho cargase con su maleta hasta una habitación de la planta superior, en la que entraron los tres, uno tras otro. Felisa le preguntó al maestro si la encontraba de su agrado. “Claro que sí”, respondió él, intentando desdibujar una mueca de contrariedad. 

El maestro, cuando se quedó a solas en el cuarto, vació el contenido de la maleta y lo guardó todo en el armario ropero. El mueble estaba ladeado como consecuencia de que las dos patas de la parte derecha eran ligeramente más cortas que las otras dos patas de la parte izquierda. Sonrió el maestro al pensar que el armatoste inclinado guardaba alguna semejanza con la célebre torre de la localidad italiana de Pisa. Además, su única puerta, cuyo espejo de luna había perdido parte del azogue, se mostraba desportillada. 

 

(Continuará...)

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