La tejería (3 de 9)

Divendres, 10 Juny 2016 10:57 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 719 vegades

El alcalde, quizá para aplacar los remordimientos que le infligía su conciencia, o porque realmente le preocupaban las penalidades y estrecheces que ahogaban la vida diaria de Felisa y su hijo Gustavo, les propuso a estos que acogiesen en su casa al nuevo maestro. Su llegada a Sesga era inminente, les dijo don Manuel. Y, aunque estuvo tentada a decir que no, Felisa aceptó sólo por Gustavo. La madre sufría mucho con la situación de su hijo, que había tenido que abandonar la escuela para ayudarla a ella a lavar y planchar la ropa de sus convecinos más pudientes. No tenían otro medio de subsistencia.

Pedro se acercó a la cocina, donde Felisa se afanaba fregando el humilde menaje utilizado para la cena, y le preguntó a la mujer si el alcalde le había entregado las llaves de la escuela. “Me gustaría visitarla esta misma noche”, añadió. Ella se restregó las manos en el desteñido delantal de flores que llevaba puesto, y luego alargó el brazo hasta una alcayata clavada en una de las paredes de la alacena, de donde pendía un manojo de llaves. “Aquí las tiene”, dijo, y se las depositó en la mano al maestro. Seguidamente, se dirigió al viejo aparador del comedor y extrajo del cajón central una palmatoria. “Le hará falta; la escuela no tiene luz”, remató Felisa. Gustavo, con el permiso tácito de la madre, acompañó al maestro a la escuela, encendiendo de camino la vela de la palmatoria.   

Un leve crujido los acompañó a los dos al franquear la puerta de entrada a la escuela. Caminaron entre los pupitres, de basta madera, en los que sobresalían los tinteros, y pasaron junto a la estufa de leña. Gustavo le dijo al maestro que los troncos y las ramas para la estufa se apiñaban en las traseras de la escuela. Cuando Gustavo iluminó los cuadros de Franco y José Antonio, que colgaban de la pared del fondo, por encima de la pizarra y de un mapa desplegado, Pedro pensó de inmediato en dos sombríos espectros, pero se reservó de decirlo en voz alta. En cambio, le pidió a Gustavo que se acercase con la vela hasta el armario, y se puso a examinar los libros y los cuadernos que reposaban en sus estantes. 

 

Continuará...

 

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