La tarde que llegué a La Dacha (4 de 6)

Divendres, 23 Desembre 2016 10:44 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 878 vegades

Tan desconcertado como un boxeador que hubiera caído a la lona a causa de un certero gancho a la mandíbula, así me encontraba yo algunos días después de conocer la noticia de la concesión del Premio Planeta a Alejandro Villegas. Y entonces recordé la calurosa y sofocante mañana en la que otro compañero de redacción me presentó al “puto nuevo” de la revista literaria. Éste era Alejandro Villegas. Aún no hacía ni un mes de su licenciatura. Su rostro irradiaba una expresión luminosa de orgullo. No se sentía, como fue mi caso, nada intimidado por aquel ambiente. Me di cuenta pronto de que Alejandro arribaba a nuestra redacción con el ánimo inexpugnable de alcanzar muy pronto la cúspide. Y no hacía falta profundizar mucho en su personalidad para descubrir que de escrúpulos andaba bastante escaso. Con el tiempo, y ya siendo amigos prácticamente inseparables, vi ampliamente corroborada mi primera impresión sobre él. Alejandro no estaba en modo alguno dispuesto a que ningún obstáculo, siquiera fuera de tipo moral (menos aún legal), se interpusiera en su camino hacia la consagración literaria. No concebía otro desenlace distinto. Él no era ningún soñador. Había decidido ser un escritor de éxito. Una noche, superado ampliamente por los dos el cupo habitual de cañas de cerveza en el bar de costumbre, me invitó a tomar la penúltima copa en su casa. Allí, por fin, descubrí el secreto que había tenido Alejandro encerrado bajo siete llaves, como el sepulcro del Cid. En su biblioteca no faltaba absolutamente ningún libro de los publicados por el escritor nacido en la madrileña calle Ribera de Curtidores.   Y yo pude gozar indescriptiblemente con la visión y el tacto de toda la obra de Francisco Umbral; desde siempre, también, mi autor predilecto.

 

 

Continuará...

Enrique S. Cardesín Fenoll

 

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