El peso de la memoria (4 de 4. Fin)

Divendres, 28 abril 2017 11:21 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 794 vegades

Esteiro, para no alarmar al muchacho, dulcificó cuanto pudo el timbre de su voz, y después le preguntó qué había revelado en el interrogatorio acerca de Salvador. Y el chico que arrastraba como si fuera un pesado fardo, sobreponiéndose a la angustia que le suponía hablar como consecuencia de la dolorosa opresión del pecho, le respondió que solamente había confesado que eran compañeros en la Facultad de Derecho y, también, que el recinto que se veía de fondo en la fotografía correspondía al campus de la Universidad.

Esteiro ya tenía decidido que no iba a reingresar en el calabozo al muchacho. Bajaron las escaleras y salieron del edificio por una puerta lateral. Unos colegas de otra Brigada acababan de aparcar en la calle un vehículo oficial camuflado, de modo que les pidió las llaves, alegando que su compañero había sufrido un desvanecimiento y lo tenía que trasladar sin falta al hospital más cercano. Puso en marcha el vehículo, y salieron los dos de allí como alma que lleva el diablo.

No tardaron en localizar a Salvador, en el sitio exacto donde le había indicado el muchacho: un bajo comercial situado en pleno centro de una populosa barriada de la ciudad.  Aún con el pasmo reflejado en su rostro, por la inesperada presencia allí de su hermano, Salvador destrozó a martillazos la imprentilla ciclostil que no hacía ni un momento estaba escupiendo decenas de octavillas en las que se solicitaba a obreros y estudiantes un masivo seguimiento del 1º de Mayo. Al cabo, Salvador se subió en el coche policial, y Esteiro condujo a su hermano y al muchacho hasta un inmueble, probablemente un piso franco del PCE, ubicado cerca de la Plaza del Caudillo, 

Esteiro regresó a Jefatura. El Mudo y Castillo ya se encontraban de vuelta en las oficinas de la Brigada de Investigación Social. Conversaban acaloradamente con el comisario. Al verlo entrar, los tres policías clavaron con fiereza su mirada en Esteiro. Pero él, sin sentirse amedrentado, se sentó a su mesa, colocó una cuartilla en el rodillo de la máquina de escribir y se puso a redactar la solicitud de cambio de destino.    

 

Fin

Enrique S.Cardesín Fenoll

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