Territorio del dolor (3 de 3, fin)

Divendres, 16 Juny 2017 10:42 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 959 vegades

Olga telefoneó a Salvador para pedirle que le llevase a casa el plano de París, ya que recordaba que él lo había guardado en su mochila antes de que se subiesen al tren que los trasladaría al aeropuerto Charles de Gaulle. Olga quería indicarle a una amiga la dirección exacta de la librería “Shakespeare and Company”.

Salvador estuvo rebuscando durante un buen rato por los armarios de su apartamento; desde que regresaron del viaje, no había vuelto a hacer uso de la mochila. Cuando la encontró, introdujo en ella un libro para ir leyéndolo en el metro, y se encaminó hacia la estación de Torrent. Nada más tomar asiento en el tren, descorrió la cremallera de uno de los bolsillos de la mochila y, al palpar lo que parecía ser un sobre bastante grueso, se sintió atraído por la curiosidad. Lo reconoció en seguida. Era el sobre que recogió del suelo en los jardines de Luxemburgo, y que supuestamente había perdido aquel extraño anciano que apareció ahorcado de un   árbol   en  ese  mismo   parque   parisino.  Rasgó  el   sobre,   y  extrajo   primero   una   nota manuscrita. Comenzó a leer: “Sé que él ha venido a matarme. Después de tanto tiempo, quiere concluir su felonía. Su nombre es Félix Villarreal (aunque ahora vive en España bajo la falsa identidad de Abdón Granero). Los dos combatimos en el maquis. En la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón. Pero nunca sospechamos que era un infiltrado de las fuerzas franquistas. Él fue quien proporcionó a la Guardia Civil nuestra última posición en Cerro Moreno. Cayeron  abatidos todos mis camaradas. Yo pude salvar la vida gracias a que regresaba de entregarle un correo a un contacto nuestro en la zona. Oí las ráfagas de ametralladora. Los gritos. Las imprecaciones.  Al final, el estremecedor silencio. Y vi a Félix Villarreal recibiendo abrazos y palmadas en la espalda de cada uno de los asaltantes. Pero yo no le voy a dar la satisfacción de que me mate. Vive la République!  I´m  Brian McCoy”.

Salvador, al finalizar la lectura, no podía dominar los temblores de sus manos, y la turbidez de la mirada lo incapacitaba para ejecutar acción tan primaria como devolver la nota al interior del sobre.  Le costó un enorme esfuerzo poder sosegarse. Pero, recobrada la serenidad, y aun soportando el persistente  martilleo de sus sienes por causa de unas emociones desbocadas,  sacó el fajo de fotografías que completaba el contenido del sobre. No le fue difícil a Salvador adivinar que su padre, Abdón Granero, saldría posando en todas las fotografías. Una flecha, pintada con tinta roja, apuntaba directamente a la cabeza de su padre, en cada una de sus imágenes; y de la flecha, se desplegaba una leyenda, como si fuera la cola de un cometa: “El rostro de la traición”.

 

Fin

Enrique S.Cardesín Fenoll

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