Un asunto municipal en Shanghái (2 de 3)

Dimarts, 13 Març 2018 13:56 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 599 vegades

El alojamiento lo había elegido personalmente ese opulento personaje y ella no había sabido cuál era hasta dos horas antes de la llegada del vuelo. El magnate era ciertamente quisquilloso con las medidas de seguridad. También le dijo la chica que ella se llamaba Suyin. Aunque solo podía mirarla de soslayo, debido al caminar apresurado de los dos, el concejal detectó en el pálido rostro de la muchacha los marcados signos del horror, y reparó en que su camisa de manga larga de color blanco se veía moteada de puntos rojos de diferente diámetro, sin duda manchas de sangre. Apenas intercambiaron palabra alguna durante el trayecto a la estación de metro de East Nanjing Road, y tampoco en el tren, que los trasladó a la parte occidental de la Concesión Francesa, donde, en una de sus sinuosas callejuelas, Suyin compartía un apartamento con dos compañeras de trabajo. 

La intérprete se dio una forzosa e inaplazable ducha, y luego preparó, en la estrecha y mínima cocina del apartamento, dos tazas de té verde, que ambos degustaron arrellanados en sendos cojines sobre el enmoquetado suelo. Y Suyin no demoraría por más tiempo su relato acerca del trágico y fatal suceso acontecido en el antiguo Palace Hotel. Ella rumiaba la sospecha de que el magnate y sus dos escoltas habían sido acribillados a balazos por miembros de alguna organización mafiosa, de alguna tríada. Además, Suyin creyó reconocer a uno de los asesinos: un detective de la policía metropolitana. “Por eso –remachó ella-, no le conviene a usted retornar a su hotel, pues lo más seguro es que esa gente se dirija tarde o temprano allí a buscarlo, habida cuenta de que se han apoderado de los teléfonos móviles de las víctimas y en estos momentos habrán averiguado ya que la persona que se había citado con el hombre de negocios eliminado se aloja en el Mercure. E irán a por usted. Desde luego. Para sonsacarle el asunto que le ha traído hasta aquí. Y ya ha podido comprobar que no se andan con chiquitas”. 

El concejal de Urbanismo no podía disimular su asombro, franco y sincero, pero esa emoción suya se había ido aderezando poco a poco con los sombríos tonos del miedo que le había sobrevenido a raíz de las terroríficas palabras de la chica; un temor palpable y físico del que no sabía ni tenía la forma de detener su progresión. Él le contó a la intérprete, salivando constantemente la boca, que solo era un simple concejal de una ciudad valenciana de ochenta mil habitantes y que había acudido a Shanghái para cerrar los flecos de una operación que, según sus cálculos a vuelapluma, reportaría magnos beneficios económicos a su localidad: la construcción del mayor centro de ocio de Europa. La chica lo miraba de hito en hito, sin pestañear, calibrando en su fuero interno la respuesta exacta a su no verbalizado interrogante: ¿ese hombre era un completo ingenuo o un redomado farsante? Sin embargo, la límpida y abierta mirada del concejal, le resolvió definitivamente el enigma. Y entonces Suyin le dijo, pasando al tuteo: “Te encuentras en un grave aprieto y tu vida corre serio peligro. Pero no te apures. Yo voy a ayudarte. Conozco a gente”.  Pero las palabras de la chica no provocaron el efecto de tranquilidad, calma y sosiego que hubiera deseado febrilmente el concejal, sino que le insuflaron más temores de los que recordaba haber tenido nunca en su nada ajetreada existencia.    

La tónica meteorológica del festivo 1 de Octubre no había sufrido variación alguna con respecto a la jornada precedente. Una lámina impolutamente azul invadía el matinal cielo de Shanghái, la ciudad más poblada de China. Y no parecía sino que sus veinte millones de habitantes, más los que se encontraban de paso, de visita familiar o de visita turística, se hubieran volcado en comandita a sus calles. El concejal de Urbanismo sentía que la muchedumbre lo llevaba en volandas, en especial cuando transitaba junto con Suyin por las zonas comerciales copiosamente concurridas; él creía que levitaba en vez de caminar. Una sensación que, aunque no fuera ni mucho menos comparable, ateniéndose estrictamente al volumen de transeúntes, le traía el vago recuerdo de sus vivencias en alguna mascletà del 19 de marzo en la Plaça del Ajuntament de Valencia, con Brunchú o Caballer de maestro de ceremonias. 

Continuará...

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