Me llamo Miguel

Divendres, 21 Juny 2019 11:58 Escrit per  Enrique S. Cardesín Fenoll Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 195 vegades

Al rayar el alba, un carruaje se detuvo a la puerta de la casa solariega. El cochero repicó una de las aldabas en forma de león. El estruendo lo despertó. Su padre, ya dispuesto para emprender un nuevo viaje a la Corte, entró en su cuarto y le entregó varias monedas de vellón, que sacó de una taleguilla. Era el 4 de noviembre de 1580. Guillem de Castro cumplía once años. “Toma, para que vayas a la librería de Jaume y te compres los libros que estos reales te alcancen” –palabras que su progenitor solo acompañó con un enérgico apretón de manos. Ni una caricia, ni un beso. El muchacho soportó, sin rechistar, el doloroso estrujamiento de su tierna extremidad -que era el modo acostumbrado de saludar de su padre-, y dijo: “¡Gracias, señor! Eso haré”. Desde la plaza de la Pelota, donde Guillem residía, hasta la calle del Mar, lugar en el que se encontraba la librería que regentaba un bachiller ya entrado en la treintena, llamado Jaume Carrasco, no había una distancia mayor de cien metros. Así que el muchacho, a media mañana, se plantó allí en unas pocas zancadas. Y ese día, además de los libros, la fortuna le iba a deparar otro extraordinario regalo de cumpleaños: conocer a la persona que tanta influencia tendría en su futura carrera literaria. Guillem andaba abismado ante la vitrina de los incunables y de las primeras ediciones de los libros impresos más apreciados por Jaume, entre ellos “Tirant lo Blanch”, de Joanot Martorell, y “Cantics d’amor, morals, spirituals e de mort”, de Ausiàs March, y no advirtió la entrada en el local de un joven caballero, de nariz aguileña, tullido de la mano izquierda y vestido con los característicos gregüescos. De ahí que el muchacho diese un respingo al oír, de súbito, una voz a su lado que proclamaba: “¡Válame Dios! Aquí está Tirante el Blanco, escrito en su lengua original”.  Al conjuro de esas frases, se acercó a ellos el librero y le preguntó al caballero si conocía la obra. “Claro que sí. Hace unos años cayó en mis manos una traducción castellana publicada en Valladolid. Sin duda un tesoro de contento y una mina de pasatiempos”. El librero asintió repetidas veces con la cabeza, enfatizando su conformidad con el atinado juicio emitido por el caballero. 

 

- “Soy Jaume Carrasco, el propietario de esta librería. Y este mozalbete de aquí –le echó al chico el brazo por encima del hombro- es Guillem de Castro. Un irredento apasionado de las armas y las letras. Me ha confesado que le gustaría luchar contra el turco y convertirse en autor de comedias. Se da a leer los romances sobre el Cid con pasión y gusto. Hoy es su cumpleaños. ¡Once primaveras!” –Hizo una pausa. Después miró de arriba abajo al caballero- “Y usted, ¿es soldado o poeta…?” -Y el caballero respondió: “Yo fui un soldado bisoño en la batalla de Lepanto, pero también soy un apasionado lector desde pequeño, y no dejo escapar ni los trozos de papel que vuelan por las calles”. –Guillem miraba de hito en hito al caballero y sentía la emoción a flor de piel-. “Combatí a bordo de la galera Marquesa que comandaba el capitán Diego de Urbina. Aquel 7 de octubre de 1571 fue la más alta ocasión que vieron los siglos. Yo había contraído la malaria y padecía fiebres muy altas. Sin embargo, pedí licencia para pelear, y el capitán me envió al esquife. Desde allí arrojaba piñas de fuego al enemigo. Un disparo de arcabuz me dejó este recuerdo imborrable en la mano. Algún viejo compañero de los tercios me ha rebautizado como el manco de Lepanto”. –A Guillem le hizo gracia el apodo pero, a pesar de su corta edad, consideró razonable frenar a tiempo el gesto de una sonrisa-.  

 

- “Y qué le trae por mi humilde establecimiento, señor…” -interrogó el librero, aún extasiado por la historia que acababa de escuchar.- “Oh, discúlpenme vuesas mercedes. Me llamo Miguel. Miguel de Cervantes. Hace unos días desembarqué en el puerto de Denia, tras cinco años de cautiverio en Argel. El monje trinitario Juan Gil pagó mi rescate, 500 escudos, y me ha dado cobijo en el Convento Trinitario del Remedio, junto al puente del Mar. Hoy he recibido una cédula de citación para que me presente dentro de cuatro jornadas, el 8 de noviembre, ante el Justicia Criminal de Valencia. Este magistrado está investigando la presunta desaparición, en mayo de 1580, de un joven pescador del Grao, Jeroni Planells, que algunos testimonios sitúan en Argel coincidiendo con mi cautiverio. Y puesto que ha tenido noticia de que yo me encontraba casualmente en Valencia, deduzco que quiere preguntarme si he oído hablar del desaparecido en los baños donde yo estaba confinado o si, tal vez, sé dar razón de su paradero. No obstante, a la vista de que el escribano redacta los documentos de declaración en lengua valenciana, el sacerdote Francisco Tárrega…”. -¡Oh!, no me diga que ya ha topado con eixe lletraferit –le interrumpió bruscamente el librero-. Mas he de decir que este clérigo, cosa que es de dominio público, no solo bebe los vientos por la literatura sino también por el poder eclesiástico. Yo tengo la seguridad de que algún día será nombrado canónigo de la Catedral”–dijo Jaume mientras alzaba teatralmente las palmas de las manos-. Y Miguel de Cervantes aclaró: “Suele frecuentar el Convento del Remedio para pedir consejo espiritual a mi libertador”.-Luego, entre carraspeos, prosiguió su plática-. “En fin, ha sido Francisco Tárrega quien me ha sugerido la idea de que le pidiera a usted el favor de acompañarme a la sede judicial y traducirme el texto antes de estampar mi rúbrica”.  “¡No diga más! Yo no le puedo negar nada a un héroe de Lepanto, ¡y manco!- y un sorprendido Guillem se sumó finalmente a las francas risotadas de ambos; y produjeron tal barullo en la tienda, que los tres pudieron percibir nítidamente el leve temblor en los lomos de los textos alineados en los estantes.

 

Al día siguiente, a su paso por la torre de la Catedral, Miguel de Cervantes y Guillem de Castro oyeron el Micalet dando las horas. Doce campanadas. Se dirigían a la tienda de un boneter, situada en la trasera de la iglesia de Santa Catalina; si bien, por encargo de Jaume Carrasco, se allegaron primero al arranque de la calle San Vicente, para recoger unos libros recién salidos de la imprenta de Pedro Patricio Mey. El sombrerero respondía al nombre de Sancho. Era afable y cachazudo, pero de muy poca sal en la mollera. Su conversación con la clientela la aderezaba a cada momento con refranes que le venían al pelo para el propósito de su negocio: “Al buen pagador no le duelen prendas”, “Más vale un toma que dos te daré”, “Mientras se gana algo no se pierde nada”… Cervantes se decidió por una gorra entera  de copa aplastada y con pequeñas cuchilladas. Guillem le alabó la elección, y el boneter sentenció: “Cada uno es artífice de su ventura”. 

 

El documento judicial que tradujo el librero Jaume Carrasco y que firmó Cervantes empezaba así: “Magnífico caballero, vecino y natural de Alcalá de Henares, residente ahora en Valencia, que dice ser de 32 años…”. Tras una estancia de un mes en Valencia, Miguel de Cervantes se trasladó a Madrid. Veinticinco años después, en 1605, de la imprenta de Pedro Patricio Mey saldría la primera parte de Don Quijote de la Mancha. Jaume Carrasco y Francisco Tárrega ya habían fallecido. Solo Guillem de Castro, que había logrado satisfacer sus dos sueños: las armas y las letras,  pudo leer, en el capítulo XLVIII de la más alta novela que vieron los siglos, que Cervantes elogiaba su comedia ‘El Mercader amante’ y, también, la del canónigo (no falló su predicción el librero) Francisco Tárrega, ‘La Enemiga favorable’.     

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll

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