La Academia de los Nocturnos

Divendres, 17 Gener 2020 10:21 Escrit per  Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 203 vegades

El alguacil y los dos corchetes no podían estarse quietos ni un momento. La humedad de la noche inverniza entumecía sus cuerpos ateridos. No les servían de mucho ni los sombreros de ala ancha ni los jubones bien forrados con los que se embozaban. La sensación de frío les calaba hasta los huesos. Y no ayudaba, claro, el hecho de que no debían alejarse bajo ninguna circunstancia de la esquina donde estaban apostados. Solo importaba no perder de vista el objetivo que vigilaban: la puerta principal del palacio de los Catalá de Valeriola. De modo que parecían hallarse verdaderamente poseídos por el baile de San Vito, con tanto movimiento espasmódico y persistente.  El alguacil, como estrategia para no hacerse mala sangre por causa del maldito relente de esa hora cercana a la madrugada, se puso a recordar el momento en que el inquisidor de distrito le había hecho entrega de la orden de detención del judeoconverso que se encontraban a punto de apresar. El alguacil había acudido esa misma tarde al Tribunal de la Inquisición, situado en la calle Navellos, a escasa distancia de la recoleta plaza donde ahora él y los dos corchetes se mantenían ojo avizor. Pero, aparte del documento oficial, únicamente recibió la escueta información de que un familiar del Santo Oficio, al que el inquisidor mencionó como ‘Relámpago’, era quien les había puesto sobre la pista del hereje Tomás March, supuesto descendiente directo de la familia del humanista Lluís Vives, cuyo padre, un comerciante judío convertido al cristianismo, fue quemado en la hoguera setenta años antes.   

 

El aristócrata y caballero de la Orden de Calatrava, Bernardo Catalá de Valeriola, había fundado una tertulia literaria en su casa, frecuentada por escritores, intelectuales y poetas de reconocido prestigio. Se reunían semanalmente, la noche de los miércoles, de ahí que fuese conocida como la Academia de los Nocturnos. Sus integrantes, más de cuarenta en su punto de mayor esplendor, no se identificaban por sus nombres, sino por seudónimos referentes a la noche. Bernardo Catalá de Valeriola, que presidía siempre las sesiones, era ‘Silencio’. Francisco Tárrega, el canónigo de la catedral de Valencia, que acudía a la tertulia en su doble condición de hombre de letras y de consiliario (clérigo que representaba a la iglesia en una asociación laica), había escogido el apodo de ‘Miedo’. Tenía como función censurar los textos. Francisco Desplugues, señor de la Pobla Llarga, ostentaba el cargo de secretario, y recogía por escrito todo lo que se hablaba. Usaba el sobrenombre de ‘Descuido’. Otros dos ilustres ‘académicos’ eran: Guillem de Castro, “Secreto”, y el también dramaturgo Gaspar Aguilar, “Sombra”, quien contribuyó a la consolidación y popularidad del grupo. A este último, precisamente, se le había encomendado abrir la sesión de esa desabrida noche de finales de enero. Gaspar Aguilar confiaba en que la lectura de su discurso moral no suscitaría la acalorada, tensa y acre controversia que provocó la disertación de la semana anterior. Los miembros de la Academia, a continuación de la lectura del discurso argumentativo por parte de su autor, tenían por costumbre proceder al análisis y discusión del texto, acto que solía prolongarse hasta altas horas de la madrugada. En el último debate, se produjo un rifirrafe que tuvo como principales protagonistas al filósofo Tomás March, ‘Penumbra’, experto en la obra de Lluís Vives, y al joven teólogo Gaspar Juan Escolano, ‘Luz’. Pero, misteriosamente, la intervención de Gaspar Aguilar se demoraba. Una situación fuera de lo común, pues la puntualidad era norma de la casa. Así que los barruntos y las especulaciones comenzaron pronto a circular por la amplia sala del palacio, produciendo el mismo sonido que un zumbido de abejas. Y entre los asistentes fue creciendo la alarma ante la insólita incomparecencia del presidente, el secretario y el consiliario. Los tres se encontraban en esos momentos reunidos en el despacho privado del dueño de la casa, y Francisco Desplugues, con evidente gesto de preocupación, incluso de pánico, acababa de informar a los otros de la desaparición del acta del último miércoles, en la que él había transcrito la diatriba que Tomás March dirigió contra el oscurantismo que reinaba en el seno de la iglesia. Bernardo Catalá de Valeriola, sin proponerse quitarle hierro al asunto, decidió que pospondrían la investigación del caso a la conclusión de la sesión y tras la marcha a sus residencias de los miembros presentes. 

 

Tomás March había sido conducido a las cárceles secretas del Tribunal del Santo Oficio. Nadie en Valencia ignoraba que era uno de los tribunales de la Corona más sangrientos. No ahorraba a los reos ningún suplicio. Los verdugos contaban con los más variados instrumentos de tortura: la garrucha, el potro, la toca, que consistía en introducir un paño (o toca) en la boca del procesado mientras se le obligaba a tragar agua para causarle sensación de ahogo. Tomás March no se libró de ninguno de estos procedimientos. Fue torturado con saña. Sin tregua. Pero el inquisidor de distrito, al cabo de varios días, seguía sin arrancarle la confesión que perseguía con ahínco. Tomás March era cristiano viejo y un erudito que se había desplazado a Brujas para estudiar la obra de su admirado Lluís Vives, en particular su “Tratado del socorro de los pobres” (por la que se considera al humanista valenciano precursor de los servicios sociales en Europa).

 

“La famosa comedia del prado de Valencia”, compuesta por el canónigo Francisco Tárrega, se estaba representando en el Corral de la Olivera, un teatro próximo a la Universidad. La noche que Bernardo Catalá de Valeriola acudió al local a ver la obra cómica, se cumplían cinco días sin tener noticias del paradero de Tomás March, desde la noche del arresto a la puerta de su palacio. El aristócrata se hacía acompañar en el palco de los autores de comedias Gaspar Aguilar y Guillem de Castro.  Sentado en las gradas de bancos de madera, se veía al alguacil. A raíz de una contorsión de su cabeza, sacudido por la risa, permaneció por un rato con su mirada fija en el palco. Al finalizar la representación, simuló un encuentro fortuito con las tres ilustres personas. Un tremendo remordimiento le roía por dentro. Sabía lo que estaba sucediendo en las cárceles secretas con Tomás March. Uno de los verdugos le había hablado de su entereza, de su firmeza en negar las acusaciones de herejía; pero también de su cuerpo quebrantado y al límite del acabamiento. Y no se lo pensó dos veces en desvelarle a Bernardo Catalá de Valeriola  el sobrenombre del familiar del Santo Oficio que había formulado la denuncia: “Resplandor”.  Guillem de Castro no pudo evitar exclamar: <<¡Gaspar!>>”.

 

La labor de un familiar del Santo Oficio de la Inquisición era la de informar de todo lo que fuera de interés para la institución. Suponía un reconocimiento público de limpieza de sangre. Por ese motivo, Gaspar Mercader y Moncada, Señor de Buñol, se mostraba muy orgulloso de su hijo Gaspar. Además, su primogénito se había decantado por las letras y era un miembro destacado de la Academia de los Nocturnos. En ocasiones, cuando Bernardo Catalá de Valeriola se ausentaba de la ciudad, las sesiones se llevaban a cabo en su castillo de Buñol bajo la presidencia de su hijo Gaspar, que había adoptado el seudónimo de ‘Resplandor’. Sin embargo, la reciente visita del fundador de la Academia, y todo lo que este le contó, le produjeron una gran conmoción y desasosiego. A partir de entonces se afanó en enmendar el inmenso error cometido por su hijo. Juró que salvaría la vida de Tomás March. Estaba seguro de que el arzobispo de Valencia, Juan de Ribera (el futuro santo), atendería gustosamente su ruego.  Había llegado la hora de cobrarse algunos favores.

 

Vestido con el sambenito, Tomás March caminaba en procesión hacia la plaza de la Virgen. Había sido condenado a morir en la hoguera. Pero el mensajero del arzobispo llegó justo a tiempo.                                                                                           

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll

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