Un vivo autorretrato (Parte 2 de 5)

Divendres, 26 Febrer 2016 13:37 Escrit per  Enrique S. Cardesín Fenoll Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 711 vegades

Sus repetidos gestos de asentimiento, mientras realizaba el primer recorrido por la sala de exhibición, denotaban meridianamente el agrado por todo lo que allí contemplaba: unas telas magníficas, sobresalientes, admirables; aunque si hubiera habido alguna persona observándole subrepticiamente desde algún apartado rincón de la estancia, habría concluido, sólo con fijarse en el intenso brillo de sus pupilas, que el sentimiento que dominaba en esos momentos al policía Abad era, sin ninguna duda, el entusiasmo. En efecto, las obras de arte lo tenían encandilado.

Pero hubo un cuadro que le llamó poderosamente la atención, un autorretrato del pintor, de cuerpo entero; y era tan realista el escorzo, que parecía que la figura fuera a traspasar de manera inminente el marco. 

Pasada la medianoche, el policía Abad, cuando releía en la pantalla de su teléfono móvil el último mensaje de whatsapp que le había enviado a su amiga Cathy,  se sobresaltó al sentir un fuerte estrépito. En seguida descubrió en el suelo un cuadro descoyuntado; y  un individuo, cuya indumentaria anacrónica producía pasmo, y que se desprendía del lienzo como si fuera un gabán,  comenzó a  incorporarse lentamente a la par que emitía unos leves quejidos mientras se palpaba, con evidentes signos de dolor, la rodilla derecha. La sorpresa del policía Abad pasó a ocupar de inmediato un lugar preeminente en los anales de la estupefacción. El autorretrato de José Viñer había cobrado vida y se dirigía, visiblemente tambaleante, hacia él. 

 - No he medido bien la altura –fueron las únicas palabras que José Viñer pronunció a modo de presentación. Después, enfiló el camino de salida, ante la mirada ojiplática de Abad que se adhirió al cuerpo del pintor como una segunda piel.  

El policía Abad, a la vista de que su acción de restregarse con violencia los ojos no había desvanecido lo que barruntaba que era una alucinación causada posiblemente por el cansancio y el sueño, salió raudo de la sala de exhibición y dio alcance al pintor, ya en la calle, donde, inexplicablemente, lucía una claridad 

propia de las horas vespertinas, y un sol de estrenada primavera enardecía las mejillas de igual modo que las pasionales caricias de un amante.   

 

(Continuará...)

 

 

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