El reloj

Divendres, 20 Desembre 2019 12:27 Escrit per  Publicat en Rafael Escrig Vist 185 vegades

Si alguien quisiera escribir hoy en día la historia del reloj, le pondría el final en estos años, porque a pesar de que aún se siguen vendiendo, ya pasó su momento de gloria. El reloj, y más concretamente el de pulsera, es algo que está siendo olvidado por las nuevas generaciones. Si nos basamos en la observación, ésta nos mostrará lo innecesario que resulta llevar en la muñeca un reloj, cuando estamos saturados de soportes electrónicos que, además de informarnos y de comunicarnos con todo el mundo, nos dan la hora exacta. El resultado es que las relojerías van desapareciendo, lo mismo que los relojeros profesionales. La situación afecta en igual medida a los relojes de los edificios oficiales que cada vez están más abandonados, les ganaron la partida las pantallas electrónicas que dan la hora y la temperatura por toda la ciudad. El reloj de pulsera ve sus últimos días como un artículo de lujo, como si se tratara de una sortija de oro, unos zapatos de vestir, o una pluma de escribir Mont Blanc, esa con la que los políticos firman los documentos oficiales y los presidentes los tratados internacionales. Lo mismo le sucedió al reloj de bolsillo el siglo pasado, y lo mismo le ha sucedido hace poco a la lámpara incandescente, desbancada por los leds. No nos extrañemos si dentro de unos años ya no encontramos relojes en las tiendas. Será entonces la reconversión del sector relojero. Algo así como lo que sucedió en el Puerto de Sagunto cuando la reconversión de la siderurgia. En Suiza ya están viéndole las orejas al lobo por la bajada de ventas y por la competencia Oriental. Se quedarán media docena de empresas para fabricar relojes de lujo por encargo y las piezas de repuesto para los relojes tradicionales que queden por el mundo y quieran seguir con la tradición de dar las campanadas de fin de año. Es de suponer que ya lo tienen todo pensado y, en el peor de los casos, si la industria relojera se va al garete, quizá se metan a fabricar juguetes de cuerda con los millones de ruedecitas, engranajes, muelles y tornillos que les habrán quedado en stock.

Al cumplir mis hijos los 18 años les compré un reloj suizo de una buena marca. Ahora me doy cuenta de que pagué la novatada, lo mismo que cuando compré el primer biberón de cristal, que cuando se rompió el segundo, el siguiente lo compré de plástico. Creo que ahora estamos mucho más espabilados y eso de comprar un reloj de mil euros, sólo por lo que representa, lo dejamos para los mismos que se compran una pluma Mont Blanc, ya que nosotros nos hemos acostumbrado a mirar la hora en el móvil y a escribir con un Bic, o a lo sumo, con un Inoxcrom que lo hacen igual de bien que los más caros. 

 

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