El barbero de la calle Cerrajeros

Divendres, 14 Mai 2021 11:43 Escrit per  Enrique S.Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 500 vegades
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La noticia corrió de boca en boca por toda la ciudad. Después de dos años encerrado en la cárcel de Sant Narcís, el librepensador Gaietà Ripoll iba a ser ahorcado por hereje. Gaietà había sido maestro en una escuela de Russafa. Algunos padres de sus alumnos lo denunciaron por sus enseñanzas laicas. De modo que, bajo la acusación de hereje y masón, la Junta de Fe de la Diócesis, sucesora de la Inquisición, lo condenó a morir en la horca. Ahora el brazo secular procedía al cumplimiento de la sentencia y daba la orden de levantar el patíbulo en la plaza del Mercado. Muchos forasteros comenzaron a arribar a Valencia para ser testigos de la ejecución, fijada para el día 31 de julio. Diríase que el morbo de la muchedumbre seguía inalterable desde la época romana. Pan y circo para el pueblo. Menos de tres años atrás, a raíz de la restauración en España del ominoso régimen absolutista y de la suspensión por parte del rey Fernando VII de la Constitución de Cádiz de 1812 (¡Vivan las caenas!), se desató una feroz y cruenta represión contra los liberales, y el militar y político liberal Rafael del Riego, un firme defensor de las libertades civiles, fue ejecutado por ahorcamiento en la plaza de la Cebada de Madrid.

 

A Amparito no la contemplaban veinte siglos, como a esas pirámides a las que subió Napoleón Bonaparte, sino  ochenta años, y bien llevados. Era sordomuda de nacimiento. Así que se comunicaba con la gente por medio de una pequeña pizarra portátil;  ella y su acompañante de cada momento se intercambiaban en la pizarra concisas preguntas o repuestas simples, y siempre acababan con las manos blancas del polvo de la tiza. Amparito vivía en la calle Cerrajeros, en una casa de una sola planta, a tiro de piedra de la plaza del Mercado. Al rayar el alba, se instalaban en esta ancha plaza unas tiendas individuales, protegidas del sol y de la lluvia por un rudimentario toldo, que exponían las mercancías a la venta en tablas, ganchos o cestos. En la última semana de julio, Amparito tuvo un desgraciado percance: se tropezó en la mínima escalera de piedra por la que se accedía a la puerta lateral de la cercana parroquia de San Martín, templo al que solía acudir muy a menudo, y se produjo un esguince de tobillo. Una lesión leve, aunque dolorosa y molesta, que la obligó, claro está, a guardar riguroso reposo. Una sobrina suya, la hija menor de su única hermana, venía todas las mañanas a su casa para atenderla y para hacerle los recados. Tan pronto se levantaba de la cama y se aseaba, Amparito gustaba de acomodarse en una mecedora de mimbre colocada junto a la ventana que se asomaba a la calle. Si su sobrina se retrasaba más de la cuenta, ella optaba por desplazarse  hasta la mecedora con la ayuda de las muletas que le proporcionaron en el dispensario tras la primera cura. Se distraía mucho curioseando a través de la ventana. Había advertido que esto le procuraba un estado de ánimo trufado de placidez y relajamiento. Por eso no perdía detalle alguno de lo que acontecía al otro lado del cristal. Amparito hacía tiempo que llevaba un diario y en esas jornadas de inmovilidad forzosa en su casa registraba en el cuaderno las cosas de la calle que más le llamaban la atención: por insólitas, por cómicas, por extravagantes, por extrañas… La calle Cerrajeros era una vía estrecha y habitualmente de poco tránsito. Solo los vecinos del barrio frecuentaban los dos comercios establecidos en la calle de Amparito: una barbería y una pastelería, ambos contiguos y cuyos propietarios eran primos. La puerta trasera de los dos inmuebles tenía salida a un corral comunitario. Los dos negocios llevaban pocos meses abiertos. Se rumoreaba en el barrio que los dos primos paraban poco tiempo en un lugar. En vísperas de la ejecución del maestro Gaietà Ripoll, la barbería y la pastelería incrementaron en calidad y en cantidad su clientela. Igual que les ocurrió a los establecimientos de hospedaje y a los mesones de la zona, abarrotados y animados como no se recordaba en bastante tiempo. La mañana anterior a la ejecución, cuando regresaba del mercado cargada con la cesta de la compra, la sobrina de Amparito pasó por delante del escaparate de la pastelería y reparó en un cartel que rezaba: “No se vaya a casa sin probar nuestros nuevos, exquisitos e incomparables pasteles de carne”. Eso de que una pastelería hubiera decidido elaborar unos nuevos pasteles con ocasión de un trágico y triste acontecimiento, como era el caso de un ahorcamiento público, a ella le resultó cuando menos repulsivo y le causó un tremendo disgusto. Amparito, nada más ver por la ventana que su sobrina llegaba a casa, cerró rápidamente su diario y lo guardó en una bolsa de tela de saco que permanecía atada a un brazo de la mecedora. Mientras realizaba esta acción, sintió en su cabeza el incesante martilleo de las últimas palabras que había escrito en el diario: “Tengo miedo”, y no tardó en darse cuenta de que tenía las manos temblorosas y húmedas. Pero pensó que no le comentaría nada a su sobrina, porque suponía que ella le diría que solo eran imaginaciones suyas. La sobrina, en cambio, entró en casa barruntando una idea fija: coger la pizarra y contarle a su tía lo del cartel de la pastelería que tanto enfado le había provocado, Sin embargo, como ya era hora de ponerse a hacer la comida, se metió en la cocina y poco a poco se fue desvaneciendo su pesadumbre, de la misma manera que se disipó la frágil neblina que había originado el caldo de pescado mientras se cocía a fuego lento.

 

El médico de cabecera levantó la vista del cadáver de Amparito en seguida que percibió la algarabía cada vez más ruidosa que se colaba por la puerta entreabierta de la calle, como una detestable visita. “Se ve que ya cuelga de la soga el desdichado maestro. ¡Malditos sean todos los inquisidores”, dijo, en voz queda, la joven enfermera que lo acompañaba. El médico inició el gesto de reprenderla con la mirada, dado que la sobrina de Amparito se encontraba también en la habitación, náufraga en un mar de sollozos; pero, finalmente, se limitó a asentir con la cabeza, poniendo así al descubierto su conformidad tácita con lo expresado por la enfermera. En el certificado de defunción, el médico hizo constar: “muerte por causas naturales”. Más tarde, la casa se fue llenando de  familiares, amigos y conocidos. Entre los primeros que se presentaron a dar el pésame, se contaban los dos primos, el barbero y el pastelero. Aunque la sobrina de Amparito estuvo en un tris de echar al pastelero con cajas destempladas de allí cuando él se puso a hablar de la buena acogida que habían tenido sus nuevos pasteles de carne. El barbero, que gastaba un aire facineroso y peligroso, no dejó de mirarla fijamente durante todo el rato.

 

Al cabo de varias semanas, la sobrina volvió por casa de su tía Amparito. Luego de ordenar algunas cosas, buscó un sitio donde sentarse para descansar un poco. Entonces le vino a la memoria la imagen de su tía sentada en la mecedora de mimbre colocada junto a la ventana que se asomaba a la calle. La mecedora seguía en el sitio de costumbre. Miró a través de la ventana. No transitaba nadie por la calle Cerrajeros. Ni siquiera los clientes habituales de la barbería o de la pastelería.  A los pocos días de morir en la horca el maestro Gaietà Ripoll, los dos negocios cerraron sus puertas. Se rumoreaba en el barrio que los primos se habían establecido de nuevo en otro lugar. En un momento dado, la sobrina notó el balanceo de la bolsa de tela de saco que colgaba de un brazo de la mecedora. La desató. Sabía que su tía guardaba en esta bolsa su diario. Lo extrajo.  El cuaderno se abrió por la página en la que Amparito había escrito su última anotación, la de la víspera de la ejecución de Gaietà Ripoll. Y se dispuso a leer: “Creo que están sucediendo cosas siniestras dentro de la barbería. Llevo varios días viendo a hombres, de porte elegante y distinguido y, supuestamente, dueños de una abultada faltriquera, que entran en el establecimiento pero después no salen de él. Hace un rato, el último de estos hombres ha aparecido  un instante en la puerta, desencajado, y apretándose con las manos el cuello, del que parecía manar sangre. En esto que el barbero lo ha arrastrado violentamente hacia el interior del local. Yo he vislumbrado la hoja abierta de la navaja de afeitar que empuñaba. De súbito, la mirada del barbero y la mía se han cruzado fugazmente. Sus ojos irradiaban la señal de una amenaza. Él sabe que he visto algo. ¡Ay!, a duras penas puedo sujetar la pluma. Estoy asustada. Tengo miedo”. La sobrina de Amparito sintió cómo el horror que desgarraba sus entrañas empujaba hacia su garganta la vorágine de un iracundo grito.   

  

Enrique  S. Cardesín Fenoll