La tormenta

Dijous, 02 Desembre 2021 19:08 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 339 vegades
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Un estallido de júbilo se propagó como el sonido de un eco por la Alameda, hasta que poco a poco se fue deshaciendo en jirones a medida que se elevaba por encima del cauce del río Turia, donde unos niños, ajenos a lo que ocurría a su alrededor, y sentados a horcajadas en el pretil, se retaban a ver quién hacía rebotar más veces las chinas que arrojaban sobre la superficie del agua. La banda de música del Círculo Católico de Torrent celebró, de forma tan ruidosa, la consecución del tercer premio en el certamen de la Feria de Julio de Valencia. No solo gustó mucho a los aficionados su interpretación de las obras a concurso, en especial la de libre elección, Los diamantes de la corona, una zarzuela del compositor español Barbieri, sino también sus vistosos uniformes. Era su segunda participación en este certamen; tres años antes, en 1889, se alzaron con el segundo premio. Entre el público asistente, vestido con sotana de verano y alzacuello, se encontraba el párroco de la iglesia de la Asunción, José Méndez Perpiñá, conocido popularmente como el padre Méndez, fundador del Círculo Católico. El capellà, que esbozaba una sonrisa que arqueaba sutilmente la raya de su boca, tenía las palmas de las manos coloradas por la energía con la que se había empleado en los aplausos, a renglón seguido de proclamarse el veredicto del jurado. Se entretuvo felicitando uno por uno a todos los músicos con un lacio apretón de manos, y cuando le llegó el turno al joven Pep, que traía abrazado el trombón que tocaba con sumo virtuosismo –según opinión compartida de sus maestros y de reconocidos concertistas-, varió su repetido gesto de enhorabuena por unas suaves palmaditas en las mejillas y, acercando la boca a su oreja, para que la algazara reinante no solapase sus palabras, le dijo. “Te espero mañana por la tarde en la rectoría, que tengo una extraordinaria sorpresa para ti”. Por mucho que Pep lo intentó, con mohínes y fingidas protestas, no obtuvo del padre Méndez ni la menor pista; pero su terquedad, al contrario, le reportó una jocosa regañina: “Como sigas porfiando con tus tentaciones, veremos si no te pongo a rezar el rosario aquí mismo”-y el capellà, como colofón,  le propinó un par de collejas. 

 

Pep se volvió a subir en el tren de la compañía del Norte que efectuaba el trayecto de Valencia a Barcelona. El primer viaje fue breve. Lo emprendió al día siguiente de acudir a la rectoría. Mientras aguardaba a que el padre Méndez saliese de la junta del Patronato de la Juventud Obrera, él se puso a fisgonear por el despacho. Vio unos libros, alineados en un anaquel dividido en dos por una tabla ancha, se acercó y ladeó la cabeza para leer los títulos en los lomos de los libros. Extrajo uno de ellos: L´Atlàntida, de Jacinto Verdaguer, escrito en lengua catalana. “Vaya, veo que has cogido el magnífico poema épico de mossén Cinto”-la voz de tenor del capellà sobresaltó a  Pep, cosa que provocó que el libro se le resbalase de las manos, aunque él lo agarró de un vuelo antes de que completase su caída. El padre Méndez pasó en seguida a contarle que le unía una entrañable amistad con el sacerdote y poeta catalán, con quien mantenía una fluida relación epistolar desde hacía bastantes años. “A mossén Cinto le he hablado muchas veces de ti; de que tenemos en Torrent a un virtuoso del trombón”-y le decía esto a Pep mientras entresacaba del interior de  la sotana una carta. “Mira, precisamente es de Jacinto Verdaguer. Me comunica que se ha producido una vacante de trombón solista en la orquesta del Gran Teatro del Liceo, y que ha pensado en ti –y estiró su mano para entregarle la carta. De modo que Pep emprendió ese primer viaje para realizar la prueba. Ahora, se subía de nuevo al tren de la compañía del Norte para incorporarse como trombón solista a la orquesta del Gran Teatro del Liceo. Pero en esta ocasión no viajaba solo. Cuando se enteró de que había superado la prueba y la plaza era suya, le propuso matrimonio a su novia de toda la vida, Rosa. Amartelados y bien arrimados, en el asiento de madera, los novençans cuchicheaban sobre la retahíla de planes que pensaban materializar en Barcelona.

 

Santiago Salvador también albergaba planes, pero de muy distinta naturaleza; unos planes que, en lo personal, no vislumbraban ningún horizonte vital esperanzador sino un futuro más negro que un cielo aborrascado. Hacía semanas que los llevaba rumiando. Santiago vivía en un barrio de barracas conocido como el Somorrostro, situado en la periferia de la Barceloneta. Tras fracasar como tabernero, comenzó a vender alcohol de contrabando, que almacenaba en su casa. Últimamente, sin embargo, introducía otro tipo de materiales en su vivienda; se diría que de una química diferente a la del alcohol. Sobre una mesa, que se balanceaba un tanto por la desigualdad del suelo de tierra, había dispuesto los materiales para su manipulación. Cuando se enfrascaba en la faena, consultaba con frecuencia un folleto, manoseado y salpicado de manchas, donde se enumeraban los pasos para la fabricación de la bomba inventada por el revolucionario italiano Felice Orsini (pasado el tiempo, este artefacto explosivo sería bautizado con su apellido, la bomba Orsini). Pero otra inquietud también ocupaba un sitio, y no pequeño, en la cabeza inflamada de violencia y subversión de Santiago. Debía reunir cuanto antes una peseta. Era imprescindible para la ejecución de sus planes. Así que tendría que ingeniárselas para incrementar los beneficios provenientes del contrabando de alcohol.         

 

Quedaban cuatro días para el estreno de la ópera Guillermo Tell, con música de Rossini, que era la representación con la que se inauguraba la temporada de invierno del Liceo. Esa noche Pep y Rosa estaban invitados a cenar en el palacio del conde de Güell. La víspera, Jacinto Verdaguer, sacerdote de la familia, había acudido al ensayo de la orquesta del teatro para darle la feliz noticia a Pep. El conde de Güell, gran apasionado de la ópera, tenía en propiedad un palco y gozaba del privilegio de disponer de dos reservas permanentes en la platea, por si precisaba agasajar a algún visitante foráneo de noble linaje. Maravillado por los floridos elogios que de un tiempo a esta parte mossén Cinto le dedicaba al flamante solista trombón –creía que eran cosas de poeta, pero la verdad es que nunca le había oído derrochar tanto lirismo, ni siquiera de las exquisitas viandas que comía en su casa-, el aristócrata ardía en deseos de conocer a Pep en persona. En un momento determinado de la velada, Rosa confirmó que asistiría al estreno de la ópera. “¡Me he gastado una peseta!”- exclamó ella escandalizada. Este era el precio que costaba la entrada para el quinto y último piso, el que ocupaban los aficionados de las clases sociales menos adineradas.  A la mañana siguiente, Pep devolvió la entrada de Rosa en la taquilla. Su mujer se había marchado del palacio del conde de Güell con la reserva de un asiento ubicado en la fila trece de la platea.    

 

La noche de la apertura de la temporada de ópera en el Gran Teatro del Liceo, el 7 de noviembre de 1893, la Rambla era un trajín de carruajes: calesas, berlinas cupés… Una multitud de curiosos llevaba horas apostada en las cercanías del porche de tres arcos de la fachada principal del Liceo, para ver apearse de los coches de caballos a las grandes familias de la burguesía y la aristocracia local, que lucían sus mejores galas. Santiago, tres días atrás, pudo conseguir la última entrada para el quinto piso. La taquillera le dijo: “Ha tenido usted una suerte inmensa. No había ninguna butaca libre. Este billete lo acaba de devolver hace un instante un músico de la orquesta”. Al quinto piso se accedía por una puerta lateral que daba a la calle San Pablo. Santiago vestía una blusa ancha, apropiada para ocultar las dos bombas Orsini que llevaba sujetas con una faja a su cintura. Ascendió las escaleras con mucha parsimonia. Él sabía que este tipo de bombas solo hacían explosión al impacto. Su rostro era una mímesis del que exhibían el resto de asistentes de humilde condición: alegre y emocionado. Pep ya se encontraba en el foso de la orquesta, de manera que no pudo ver a Rosa en el momento en que un acomodador le indicaba su butaca. Ceñía el cuello de ella un fino collar de perlas.  Durante el segundo acto, La tormenta, en el que destacaban los trombones, Santiago se asomó a la barandilla y arrojó, seguidas, las dos bombas. Solo una estalló. La que cayó en la fila trece. Pep saltó del foso y corrió en busca de Rosa, pero cegado por el humo, trastabilló con unas perlas que rodaban pasillo abajo.     

 

Enrique  S. Cardesín Fenoll