Rancho frío

Divendres, 08 Juliol 2016 09:36 Escrit per  Ginés Vera Publicat en Ginés Vera Vist 1976 vegades
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Poco antes de rayar el alba los tres condenados salieron al patio donde les aguardaba el pelotón de fusilamiento. Cuando el oficial al mando, tras leer los cargos, les condenó a muerte hizo una pausa antes de preguntar por una última voluntad. Hubo otro silencio con la mirada nerviosa de los soldados del pelotón: querían acabar con aquello rápidamente. El primer condenado pidió entre lágrimas abrazar por última vez a su mujer y a sus hijos, luego se echó a las piernas del oficial suplicando clemencia. Este ordenó que se lo apartaran y lo ataran al poste. Tras componer su uniforme negó con la cabeza, su segundo al mando confirmó con voz serena que toda su familia había fallecido en la revuelta. El segundo condenado pidió fumar un último cigarrillo. El oficial miró a su ayudante asintiendo, éste se acercó, sacó un cuarterón de tabaco y se entretuvo unos minutos preciosos con el papel de fumar. Pero cuando el condenado lo tuvo entre sus temblorosos labios se echó a llorar pidiendo a gritos que acabaran con su vida cuanto antes. El tercer condenado se había mostrado aparentemente tranquilo. Era bien conocido por todos, no solo por su oficio –cocinero del dirigente depuesto–, también por organizar las mejores y más sonadas fiestas en la mansión presidencial y su célebre sentido del humor. Precisamente este le había permitido, en un primer momento, burlar el cerco de los insurgentes, pero el oficial lo detuvo a poco de cruzar la frontera. Fue él también quien se acercó para contemplarle y preguntarle nuevamente por una última voluntad. El cocinero, sin flaquear, pidió comer su plato favorito. El oficial asintió de mala gana inquietando así al pelotón cada vez más nervioso. Llamó a su segundo para que apuntase. “Quiero puré de castañas”. El ayudante, tras rascarse la cabeza, masculló con un hilo de voz al oficial que no era temporada. El cocinero, sin inmutarse, dijo esbozando una media sonrisa: ‘En ese caso, esperaré’.  

 

Ginés Vera