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Una novel·la inspirada en un dels millors guitarristes de la història. Frankie Prest naix en una església en flames de Vila-real, en plena guerra civil espanyola. Amb 9 anys viatjarà a Amèrica. El seu talent colpidor influirà a músics com Hank Williams, Elvis Presley, Carole King o Wynton Marsalis.

 

Recomanació de Ginés Vera

 

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Divendres, 10 Març 2017 11:16

El muelle de la bahía

La nave espacial llegó al planeta más alejado del sistema solar. Al comprobar durante el aterrizaje, y ya en la superficie, que la atmósfera era respirable decidieron quitarse las escafandras. El primer día tomaron muestras del terreno y realizaron los análisis meteorológicos previstos en la misión de varios días. Aunque se presumía deshabitado, el segundo día oyeron una suerte de sonidos, a modo de trinos de pájaros sin apreciar la evidencia de ningún ave. El tercero, vieron asomar a unos habitantes antropomórficos temerosos por su presencia. No parecían hostiles, anotó  el biólogo jefe de la misión, sin embargo, advirtió algo extraño en su comportamiento. Los siguientes días realizó nuevas anotaciones, quedó fascinado por la riqueza del lenguaje gestual y melódico entre aquellos seres a falta de uno oral. Emitían silbidos y otros trinos guturales para expresar sus emociones. Los habitantes del lejano planeta FoxP2 no manifestaban agrado sonriendo, ni miedo encogiéndose; si se sentían molestos no afeaban el rostro ni gritaban para denotar su alegría. Al biólogo le hubiera gustado quedarse más días para seguir estudiando a sus habitantes, su lenguaje sonoro y la teoría de Darwin, pero la tripulación tenía una misión que cumplir. Se despidió de ellos a la manera terráquea, escondiendo unas lágrimas, mirando cómo se alejaban asomado a la escotilla, mientras aquellos saltaban en aparente alegría, alzando las manos, silbando a coro la melodía que aquel les había enseñado: era su forma de expresar llanto y tristeza por el amigo que se les iba. 

 

Ginés Vera

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Divendres, 24 Febrer 2017 10:47

La memoria de la democracia

Durante días no supimos nada de nuestro ‘amado’ líder. Las autoridades, en realidad el pequeño grupo de personas de su confianza, tomaron las riendas del país. Se cancelaron las visitas protocolarias al extranjero y los encuentros con otros mandatarios de estado. No era una agenda muy apretada. Nuestro presidente había alcanzado el poder tras derrocar a un sangriento dictador, pero en pocos años, y con la aprobación de controvertidas leyes a su favor, se había transformado en otro casi peor para su pueblo. Se desmantelaron libertades, se empobrecieron regiones, se obedecía sin rechistar por miedo a las represalias. Las cárceles se llenaron de presos políticos, como se les llamaba. En realidad, se trataba de personas que en algún momento habían expresado su opinión contraria al régimen o habían querido huir solos o con su familia. Peor suerte corrían quienes quisieron denunciar los atropellos a la democracia, ya fueran periodistas o simples vecinos en tertulias clandestinas, como el hijo de Mamá Rosa, a estos no se les volvía a ver. Ni ella dejó de buscarle ni de llorarle. Tampoco al líder se le vio durante semanas, que fueron meses, corrió el rumor de que estaba enfermo. Más tarde, que a causa de un accidente había perdido la memoria. No se acordaba de quién era, ni quién su mujer, su familia o los ministros que ahora dirigían la nación por él, como él. Nuestro amado líder no recordaba ya las decisiones que había tomado durante décadas, ni las torturas ni la hambruna forzada ni los presos en las cárceles ni la represión de las ideas y de las palabras. Al final, los ministros fueron abriendo el puño, las cosas comenzaron a cambiar lentamente. Se reestableció la democracia que debimos haber disfrutado durante todo ese tiempo. Regresó la felicidad y la alegría a los pueblos y ciudades, fue como comenzar a despertar de una larga pesadilla. Un día, en nuestro barrio, apareció un coche negro del que se bajaron varias personas trajeadas. Una de ellas lo miraba todo con curiosidad, los otros le acompañaban en silencio. Tardamos en reconocerle. Perecía un tipo normal, un turista, hubo quien le saludó afable. Mamá Rosa salió a hablarle con la mirada crispada, los tipos la detuvieron. Después nos gritó que no entendía, le pareció que éramos nosotros los enfermos, no él, que era a nosotros a quienes se nos hubiera borrado la memoria por accidente.

 

Ginés Vera

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Divendres, 10 Febrer 2017 10:12

Descansen en paz

Desde hacía un tiempo, y sin razón aparente, las fosas y lápidas del pequeño cementerio aparecían de día agitadas, algunas profanadas, los restos desubicados. Y eso a pesar de haberse elevado, por orden del señor alcalde, el muro de piedra que lo rodaba varios metros y de haber soltado perros adiestrados de noche. En el pueblo no daban crédito, tampoco cuando vieron circular por la calle a aquel hombrecillo. Se asomaron a las ventanas y balcones, o salían a la puerta, por enterarse de si eran ciertos los rumores. El forastero era un tipo encorvado, taciturno, fumaba en pipa y se acompañó del alguacil, el médico, el cura y el alcalde quien advirtió en un pleno, días atrás, que contratarían a un detective de cementerios. Trataba solo asuntos relacionados con los muertos, explicaba aquel cuando le preguntaban, siguiendo siempre, eso sí, un método riguroso y científico, añadía ante los más escépticos. Los vecinos cerraron puertas y ventanas, regresaron a sus rutinas moviendo la cabeza, santiguándose, sin creerse demasiado qué podría hacer aquel hombre. 

Llegada al camposanto la comitiva, escuchadas las versiones del cura y el enterrador, el detective inspeccionó la tierra revuelta y las lápidas, una a una, acariciando la cachimba que portaba en sus labios. Asintió varias veces, como conversando en un monólogo interior, mesándose la barba, antes de dirigirse a quienes le miraban extrañados sin decir ni pío. Su veredicto fue claro y escueto: los muertos estaban mal distribuidos. Como su auditorio no pareció entender, el hombrecillo añadió una parrafada justificando que el lugar de cada quien, al morir, no podía ser elegido de forma arbitraria o seguir una simple lógica ordinal. Había que tener en cuenta los deseos o antipatías del finado también al ser enterrados. Siguiendo su consejo, se reubicó a los amantes juntos, aunque en vida no hubieran contraído matrimonio, alejando a esposas y maridos de sus respectivos amantes; a los amigos se les colocó en grupo y, sobre todo, a los contendientes de uno y otro bando de la guerra, en lados opuestos del cementerio para evitar rivalidades. Desde aquel día, en el pueblo, los muertos y los vivos descansan en paz.

 

Ginés Vera

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Divendres, 27 Gener 2017 09:55

La última carta

La primera noticia le llegó viendo la televisión. Un grupo de submarinistas habían podido descender hasta un buque de guerra hundido hacía medio siglo. Recordó el día de su boda, la ceremonia urgente para impedir la partida de su marido al frente. De nada sirvió, lo enrolaron a la fuerza. Él le prometió volver al final de la contienda. Ella recibió sus cartas puntualmente hasta cierto día. Lo evocó con lágrimas. Su batallón regresaba en aquel mismo barco que ahora dormía en el fondo del océano. Las imágenes mostraron el impacto de un torpedo, la cubierta oxidada, algunos objetos personales en la bodega…  Apagó el televisor sin poder desconectar de los recuerdos. La segunda noticia le llegó por teléfono. Entre los objetos rescatados hallaron una caja fuerte con correspondencia. Una carta iba a su nombre. No supo qué decir. Fue a la oficina de correos donde un amable funcionario le dio el pésame y aquella delicada carta fechada hacía tantos años. Tardó en abrirla. Le había perdonado que no hubiera cumplido su promesa de volver, pero sentía un dolor ahogado, como si temiera abrir, además, una herida cicatrizada con sufrimiento. No había conocido a ningún otro, le guardó luto hasta que le tocó mantenerlo a la muerte de sus padres. Ella sí había cumplido el juramento hecho el día de la boda, al colocarse el anillo. Este se había aferrado al dedo hasta producirle dolor, sobre todo los días que presagiaban lluvia y cada aniversario de su despedida. Lo rozó con la otra mano, como preguntándose si debía abrir esa última carta. Se sentó en el salón para recibir la tercera noticia. Había tardado en escribirle porque no encontraba las palabras adecuadas. La guerra se había recrudecido, pensó incluso en desertar. Un compañero le evitó el consejo de guerra, lo apoyó en los momentos difíciles, tuvieron que dormir juntos largas noches para vencer el frío y la muerte. Se volvieron inseparables, se salvaron la vida mutuamente… No entendió lo siguiente que leyó, lo repasó tratando de que tuviera algún sentido. Tampoco él sabía bien lo ocurrido, estaba confuso, pero creía no sentir ya lo mismo por ella. La carta cayó al suelo, tardó en recogerla. Estuvo días en un cajón del aparador. Acabó en una pequeña fogata en el jardín donde arrojó el anillo, le costó arrancárselo del dedo. El dolor le duró más que las lágrimas.

 

Ginés Vera

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Divendres, 13 Gener 2017 10:33

Siga las instrucciones

Según nuestro guía, disfrazado como los antiguos colonos del siglo pasado, cuando bajásemos del autobús no debíamos separarnos ni internarnos a solas en el bosque. Al parecer, entre las muchas leyendas, una afirmaba que lo habitaba un duende malvado… Hizo una pausa dramática intentando así atraer el interés de quienes estábamos cansados del viaje y con ganas de llegar cuanto antes a nuestro destino. El duende atrapaba en su cueva a los excursionistas ingenuos durante cien años, advirtió. Nadie dijo nada y aunque continuó hablando me quedé dormido. Cuando desperté me encontré solo en el autobús. ¿Dónde habían ido? Bajé sin ver a nadie por los alrededores. Decidí internarme por un camino hasta un claro del bosque, pero el miedo, por si era cierta la leyenda, hizo que pensase que lo mejor era regresar al autobús y esperarles. Con los nervios debí despistarme, menos mal que hallé a un joven de la zona, al menos vestía como el guía, con ropas antiguas. Estaba sentado de espaldas, frente a una especie de pozo sin brocal. Me presenté, me dijo que se alegraba de verme, llevaba mucho tiempo allí, tanto, afirmó, que no se acordaba de su nombre. Me costó creerle porque debía ser un muchacho de mi misma edad. Cien años, pareció recordar de repente tomando mi brazo con violencia. Pero ahora puedo irme, añadió empujándome al hoyo. En el forcejeo noté como resbalaba y caía al interior del pozo. La oscuridad me hizo pensar que soñaba, que despertaría en el autobús. Me costó asimilar que no era así, que estaba encerrado en aquel agujero, que lo estaría hasta que lograse salir. Grité hasta quedarme sin voz, pero nadie pareció oírme. Fui escalando la pared rocosa despacio, con miedo a resbalar y fracturarme acaso una pierna o un brazo. No sé cuánto tiempo tardé, debió ser mucho, pues al llegar al borde descubrí que el bosque había cambiado. Eso y que apenas recordaba cómo había llegado allí, solo el pozo, el muchacho, su frase antes de empujarme. Cien años, vino a mi cabeza. Me senté a reflexionar. Alguien se acercó, era un joven con unas ropas extrañas me miró sorprendido. En cambio yo me alegré, ahora podía marcharme de allí, le dije tirando de su brazo para hacerle caer al pozo.

 

Ginés Vera

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Divendres, 23 Desembre 2016 09:46

El sorteo

Apenas llevaba unos meses trabajando en la multinacional. Aún no había hecho amigos en la nueva ciudad y su incómoda familia quedaba lejos para ir en Navidades. Las pasaría en el piso alquilado, sola, se dijo, fantaseando con una de esas escapadas de fin de año anunciadas en televisión. Se había resignado a comprar una ración congelada de pavo y uvas cuando recibió la invitación de su empresa. Una fiesta de nochevieja en el ático del edificio. Una excentricidad del gerente para singles, oyó rumorear por los pasillos, unos días antes. También algo de un sorteo, entre risas, aunque no logró averiguar nada más. Se vistió con lo mejor que encontró en su armario para la ocasión y acudió en taxi más por aparentar. En el vestíbulo le asignaron una etiqueta roja con su nombre, a ellos vio que en azul. Para el sorteo, le dijeron, pero sin entrar en detalles. Comió más de la cuenta y flirteó con un par de compañeros un poco achispada por el champán. Llegó el brindis, el gerente tomó la palabra, soltó un discursito de agradecimiento y, tras un redoble de tambor, se procedió al sorteo. Primero fueron los azules, resultando ganador un joven becario de administración. Durante unos segundos ella contuvo la respiración presintiendo lo que iba a suceder. Ya no recordaba si había comentado la ilusión que le haría recorrer algún día Suramérica, la selva amazónica o visitar el Machu Pichu. Salió su nombre entre aplausos, vítores y gestos para que se acercara. ¿Os gusta viajar?, creyó escuchar. Por timidez no preguntó cuál era realmente el premio, junto al becario salieron de la sala a un pasillo oscuro. A partir de ahí sus recuerdos estaban borrosos. Confusión, un golpe, la sensación de que la llevaban, que volaba. Al abrir los ojos le pareció ver plantas, selva, oír a lo lejos una voz; el becario la urgía a levantarse. Corrió a su lado sin comprender. Luego vio a las fieras, se encaramaron a un árbol. Horas más tarde, hambrientos, descubrieron a otros como ellos, también de la empresa, también ganadores del sorteo y del brumoso viaje hasta allí. Si consigo regresar, dijo uno, pienso demandarlos, pero esa noche le devoró una pantera. El resto subieron más alto al árbol, añorando la civilización, sus casas, sus aburridas vidas, maldiciendo al gerente, a la empresa y al retorcido sorteo de nochevieja.

 

Ginés Vera

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Divendres, 09 Desembre 2016 12:36

Gingerbread man cookies

El condado de Tweddale se llenaba de turistas cada primavera atraídos por los paisajes, los cottages y la deliciosa hospitalidad de sus gentes. Raramente se detenía alguno en el pueblo de Tobermouth al quedar apartado de la carretera principal y excluido de las guías turísticas. Sin embargo, en una de las casas, una anciana aguardaba en el salón atenta a las ventanas, a la espera de que uno de aquellos forasteros se detuviera en su porche. Cuando ello ocurría salía a abrirles con una agradable sonrisa invitándoles a pasar y a tomar una taza de té. Les ofrecía además pastas que ella misma elaboraba siguiendo una receta familiar tan antigua, presumía la anciana, como secreta, lo cual hacía sonreír a los turistas aceptando encantados. Pronto se establecía así una conversación cálida y afable; aquellos contaban de dónde venían, adónde se dirigían, el bullicio de Londres, Dublín o Edimburgo en comparación con la tranquila vida en el campo. La anciana asentía y les instaba a que tomaran otra de sus galletas agradecida de poder charlar con alguien. Se quejaba de estar demasiado tiempo sola desde la muerte de su marido en la guerra. Muy pocos se interesaban por los detalles de aquel, quizá al ver las fotografías en las paredes o sobre la cómoda. Casi nadie abusaba de las deliciosas pastas de té a pesar de la insistencia de la mujer ávida de noticias fuera del condado. Lo que sí les chocaba era un ruido que, de repente, se oía en otra estancia. ¿Tiene usted gatos?, preguntaban, o fingían pensando que se trataba de corrientes de aire. La sorpresa venía al ver irrumpir en el salón a un hombre uniformado como un lancero de Su Graciosa Majestad. Había quien se levantaba espantado, quien no podía moverse presa del pánico. En cualquier caso, la sorpresa duraba poco, el efecto de la droga en el té les aturdía. Luego la anciana daba cumplidas órdenes al soldado. Las ropas se quemaban, los objetos de valor se guardaban y los cuerpos acababan en el sótano, bajo tierra, en una fosa común. Si alguno parecía recobrar la conciencia durante el traslado o el enterramiento el hermano retrasado de la anciana, que nunca llegó a casarse, les golpeaba con saña. Los días de invierno la pareja pasaba largas horas contemplando su colección de tesoros aguardando con anhelo la llegada de la primavera y los turistas.

 

Ginés Vera

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Divendres, 25 Novembre 2016 10:31

El mismo viaje

Se empeñó en que la carretera nos llevaría a alguna parte. Le dije que no, ella insistía. En su terquedad me recordó cada vez que tuvo razón en el pasado. Nos habíamos detenido en medio de la nada y la carretera. No parecía que fuera a pasar nadie por allí, nadie a quien preguntar. Quedaba seguir o darse la vuelta. Todo era posible. Ella dijo que debíamos seguir: al final llegaríamos a alguna parte. Y seguimos. Al principio en silencio, un silencio turbio, pesado, aguardando cada cual a que ocurriera algo, cualquier cosa. Cada uno a favor de lo que defendíamos. Pero no pasó nada, la carretera se extendía recta o con pequeñas curvas a izquierda o derecha, un badén aquí, un pequeño alterón allá. Luego nos entretuvimos con el paisaje, con las nubes, con el tiempo que haría al día siguiente, y al siguiente. La carretera seguía bajo nuestros pies, la mirábamos hacia delante, a veces hacia atrás en el reflejo de los espejos. Continuamos sin hacer caso a la carretera, como si nos llevara. Solo al final, cuando el coche se fue parando sin combustible, nos acordamos del viaje. Ninguno dijo nada, simplemente nos miramos. Salimos del coche, vislumbramos la puesta de sol al frente con la mano sobre los ojos como visera. Eché a andar, ella me siguió. Se agarró a mi brazo, en silencio sentí su cabeza sobre mi hombro. Creo que dijo: ves, te lo dije; pero no estoy seguro. Cuando la luz fue demasiado brillante cerramos los ojos a un tiempo.

 

Ginés Vera

 

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Divendres, 11 Novembre 2016 11:53

Sueños de campeón

Cuando el flaco Rodríguez lo descubrió no era más que un muchacho de pueblo con una maleta, ropas gastadas y el ingenuo sueño de hacerse rico peleando. Le vio pateando guijarros y, más tarde, metiéndose en líos con unos tipos a los que, sin amilanarse, soltando la maleta, les retó elevando sus puños como un púgil trasnochado. Cuántas veces habría de recordárselo no solo en el gimnasio, donde le presentó a un viejo entrenador de jóvenes promesas, también combate tras combate, ascendiendo en el ranking hasta hacerse un nombre. Algún infame periodista le apodó Bola de nieve Quillán a pesar del color betún de su piel. A él no pareció importarle, incluso parecía celebrarlo pensando en que cada combate le acercaba imparable a la lucha por el campeonato. Dicen que el flaco Rodríguez solo lloró dos veces en su vida: cuando le destrozaron la mano derecha por no pagar a tiempo unas deudas de juego y la noche del gran combate entre Sangrador Varela y Bola de nieve Quillán. El aspirante comenzó fuerte, despegándose de las cuerdas, lanzando un feroz castigo a Sangrador que parecía acusar el asedio en los primeros asaltos. ‘Sigue así’, se oyó en ambos rincones antes de la campana. Y siguieron. El público caldeó las brasas del infierno, mentaban madres, escupían violencia por bocas y ojos tratando de inclinar la balanza. Tras el cuarto asalto, el flaco fue a los vestuarios. ‘Si aceptas, ya sabes’, le dijo el mano derecha del mayor narcotraficante de la ciudad. Su suerte estaba echada, pensó. Si se negaba, al día siguiente haría compañía a los peces con unos zapatos de cemento. Si aceptaba sería el muchacho quien no pararía hasta ajustarle las cuentas. ‘Lanza la toalla’, le dijo al ayudante. ‘¿Estás loco, qué dices? Podemos ganar’. ‘O tú o yo, decide’, le tembló la voz entre lágrimas. Más gente lloró aquella noche. Entre cuatro sujetaron a Bola de nieve para evitar que se comiese allí mismo al manager que huyó del pabellón. De este no se supo nada, solo rumores. No llegó a cobrar lo acordado, ni hubo entierro ni nadie le buscó. Toribio Quillán se deshizo de la maleta antes de subir al autobús rumbo a su pueblo. Volvió a pedir el puesto de carnicero sin permitir jamás a nadie que le nombrasen la nieve. Tampoco confesó jamás donde enterró aquella maleta con algo más que sus sueños.

 

Ginés Vera

 

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