Recordando a Proust

Divendres, 24 Setembre 2021 10:03 Escrit per  Rafael Escrig Publicat en Rafael Escrig Vist 218 vegades
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Hubo una época, hace ya bastante tiempo, en que las cosas eran tan distintas que si ahora pensamos en ello, nos parece imposible. Aunque en realidad no hace tanto, porque muchos de nosotros lo hemos vivido.

 

Era la época en que los tranvías rodaban traqueteando por las calles con ese balanceo tan peculiar y esa campana que hacía sonar con el pie el conductor, nuestro querido “tranviero”. Entonces el tranvía se cogía en marcha y en las horas punta o en los días de fútbol, la gente viajaba colgada en el pescante ¿Alguien se puede imaginar eso ahora?

 

Era la época en que en los bares servían de tapa pajaritos, caracoles y sangre con cebolla. Cuando los guardias urbanos, con cinto, guantes y casco blanco, subidos a una especie de podio, dirigían el tráfico en los cruces con el silbato y la porra blanca, creando con gestos y brazos una suerte de atractivo ballet. Abundaban los cines de reestreno, que eran la principal distracción para todas las edades y que las parejas de enamorados, o no tanto, frecuentaban para dar rienda suelta a sus caricias. Era la época en que en las casas se comían lentejas y embutido. El pollo y el flan de postre era menú de fiesta. ¿Alguien se puede imaginar eso ahora?

 

Los hombres fumaban Ideales y Celtas cortos en todas partes. Era cuando el médico venía a casa para reconocernos y pedía una cuchara a nuestra madre para vernos la garganta, prometiendo volver al día siguiente. Cuando corríamos a darle un beso en la mano al cura por un caramelo de menta y las mujeres se cubrían la cabeza para entrar a la iglesia, con un velo negro o un pañuelo blanco. Cuando las mujeres llevaban faja y enaguas, para mantener inmóvil y protegido su trasero ¿Alguien se puede imaginar eso ahora?

 

Pero lo que más me llama la atención de aquella época, son los borrachos. Los borrachos callejeros de entonces eran vagabundos o gente trabajadora de la escala más baja. Me da la impresión de que había más que ahora o al menos se hacían más de notar. Aquellos borrachos, a diferencia de los actuales, tenían algo que les distinguía: toreaban a los coches. Cogían una buena turca, se quitaban la chaqueta y allá que se ponían en medio de la calle o de la carretera, a torear a todos los coches que pasaban en uno y otro sentido. Hace tanto que no veo esas escenas que casi las echo de menos. Pero no es por nostalgia, sino por recuperar aquel tiempo perdido, como Proust.

 

Rafael Escrig

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